Capitulo 1
En mitad del desierto de Egipto se levanta una fortaleza de piedra brillante, más antigua que cualquier construcción se recuerde sobre la Tierra. Sus pasillos iluminados tenuemente por las antorchas de los siervos del amo del templo, y que cree sentirse también amo del mundo por decreto divino.
Entre las sombras una figura se mueve, envolviéndose en su capa, huyendo de la luz del sol que se filtra por las claraboyas estratégicamente colocadas para que incidan sobre espejos que conduzcan un rayo de sol hacia una estatua, de semblante severo, como un Dios castigador, que mira al infinito como si no perteneciera ni a este tiempo, ni a este espacio.
Ozymandias avanza con paso ligero envuelto en su túnica y levantando mucho la cabeza con orgullo, como luciendo la joya que lleva en su turbante. Se cree sólo en la sala cuando trastea con unos objetos antiguos a los pies de la estatua.
La sombra sigue sin revelarse, pero su voz de ultratumba, nada parecida a ninguna otra que se haya escuchado en este mundo, resurge de la oscuridad y choca contra las paredes de piedra, rebotando y engrandeciéndose.
VOZ: Ozymandias, ¿que traman tus traicioneras manos?
OZYMANDIAS (sobresaltado): ¡Mi señor! (se arrodilla e inclina la cabeza) No sabía que estaríais aún aquí, Señor.
La sombra se pasea por la sala, tras las columnas que sesgan su rostro con oscuridad.
VOZ: Me pregunto si hago bien en tenerte como mi perro faldero.
OZYMANDIAS: Señor, como dudáis…
VOZ: He hecho todo lo que he podido y más por ti, prácticamente ya no eres de carne y hueso.
OZYMANDIAS: Y por ello os estoy agradecido.
VOZ: Infórmame.
OZYMANDIAS: Aquellos que se hacen llamar los X-Men a penas saben de tu existencia. Pero ese traicionero que trabaja para vos, Sebastian Shaw, se dejo ver, y descubrieron a su médium, la Reina Blanca.
VOZ: ¿Y el elegido?
OZYMANDIAS: Aún es un no-nato, Señor. Sería fácil destruirlo, si no fuera porque los X-Men guardan con recelo a su portadora.
VOZ: Fenice… (Dice en pulcro latín)
OZYMANDIAS: Sí, mi señor, Fenix. Saben que vamos a por ellos, nuestras cartas han sido descubiertas. Si al menos Magneto distrajera su atención… pero parece haber desaparecido de la Tierra.
VOZ: Magneto sería un perfecto Jinete.
OZYMANDIAS: No se dejará subordinar.
VOZ: Todos se dejan subordinar al final.
OZYMANDIAS: Pero se rumorea que tiene un ejercito de mutantes.
VOZ: Mera escoria. Como se atreven a llamar portadores del poder a monos subdesarrollados, todos ellos, habitantes de cloacas, creí que para eso Magneto tendría más sentido común. Pero mira a esos X-Men, tan elitistas, tan poderosos. (Levanta sus ojos brillantes) ¡Llama al Jinete Muerte! (sale a paso acelerado de la sala) Al fin y al cabo, era uno de ellos.
Capitulo 2
Logan miraba la cara de Magneto en la enorme pantalla plana de la sala común de la Mansión con todo el odio que podía albergar su mirada. No lo ocultaba, aún dándose cuenta de que asustaba a los niños que había a su alrededor siguiendo también el comunicado de Magneto.
Erik había tomado la costumbre de una vez por mes tomar por la fuerza un plató de televisión y hacer que en todas las cadenas fuera su cara la que comunicara como iba su guerra contra la humanidad. Decía también que sus hermanos mutantes (los X-Men) que se posicionaban contra él se unieran a su causa de una vez por todas, pero que su paciencia no iba a ser infinita, y se estaba agotando.
Aquel día Magneto parecía diferente, sonreía más, era una de esas sonrisas maliciosas del que planea algo. Tras de él, sus hijos, Polaris, Mercurio y Bruja Escarlata dejando en el centro el emblema que distinguía a Magneto, un estandarte con el contorno de su casco.
MAGNETO:… os dije, homo sapiens, que mi alzamiento sería total. Y ahora, ha llegado la hora, dirigentes de la humanidad, que conozcáis el nacimiento de un nuevo mundo. Uno en el que los mutantes podrán vivir como lo que son, dueños de este planeta. Y como soy un hombre realista he decidido empezar desechando los errores que en un pasado me hicieron perder tantas batallas: el reino de los mutantes ha nacido. Saludad a la próxima potencia y capital del mundo. Genosha.
Polaris, Mercurio y Bruja Escarlata se apartaron para desvelar una inmensa cristalera situada en un rascacielos con vistas a lo que parecía una metropolitana ciudad. Más allá, a la derecha se levaban montañas y valles, con sus ríos y sus pueblos, a la izquierda el inquietante y profundo mar.
La imagen se cortó y dio paso a un nuevo plató de televisión en el que una presentadora se arreglaba el pelo sin saber que ya estaba en antena.
PRESENTADORA: Este es el anuncio que el mutante conocido como Magneto hizo hace cinco días, inaugurando así un nuevo país situado en una isla al sudeste de África que el denomina la cuna de los mutantes. El presidente de Estados Unidos se ha reunido con los dirigentes de la Unió Europea en un gabinete de crisis para…
Lobezno no pudo soportarlo más. Giró en redondo sobre sus talones y salió de la sala. Buscó a Bestia en su despacho, pero no lo halló. Al salir se chocó de bruces con las quintillas Stepford, que se rieron al unísono cuando Logan se abalanzó sobre ellas.
LOBEZNO: ¿Habéis visto a Hank?
STEPFORD CUCKOONS: (Las cinco a la vez) Sí, señor Logan. El Profesor McCoy toma el té ahora mismo con la señorita Grey en el jardín. ¿Quiere que le guiemos telepáticamente hasta allí? (ilusionadas)
LOBEZNO: No, gracias, sé llegar (alejándose rápidamente de ellas, le ponía los pelos de punta el aspecto de las niñas y que las cinco hablaran a la vez)
Logan llegó al jardín y encontró a Henry McCoy y a Jean Grey sentados a la mesa, tomado té y disfrutando del sol de la tarde.
Saludó a Hank con una mirada y no pudo evitar al mirar a Jean fijarse en su vientre, bastante abultado, embarazada ya de más de ocho meses.
Se sentó con ellos a una invitación que Hank le hizo con la mano y Jean le sonrío. Logan se mordió la lengua intentando no mostrar ningún cambio en su rostro, pero esa sonrisa…
BESTIA: Logan, hablaba con Jean sobre el programa Centinela.
LOBEZNO: Hank, sigo diciendo que no me parece bien.
HANK: A mi tampoco me entusiasma nada levantarme por la mañana, abrir la ventana y encontrarme a un Centinela mirándome. Pero el Gobierno a estimado que es lo mejor para nuestra seguridad. No debemos olvidar que estamos en el punto de mira de un ataque por parte de Magneto, del Club Fuego Infernal y de esa fuerza que aún no hemos podido descubrir quien es.
LOBEZNO: Sólo te parece bien porque trabajaste para el Gobierno.
JEAN: Logan, yo soy totalmente opuesta al proyecto, pero no sólo tenemos que mirar por nuestros intereses, sino por los niños de esta Escuela. El Gobierno nos permitió tener la institución, creándonos un microclima fuera de la política para que educáramos a estos niños. Todas nuestras decisiones deben ir en post de su seguridad.
Logan no sabía como lo hacía, pero esa mujer siempre lo convencía.
Unos metros más allá, el nuevo, Gambito, mostraba a unos niños, que aplaudían ilusionados, los malabarismos que podía hacer con su bastón.
LOBEZNO: Está bien Hank, llama a tus amigos los federales y diles que nos traiga un par de esos robots.
BESTIA: Logan, el instalar o no Centinelas no era negociable, al conocer nuestra existencia el Estado fue como si firmáramos un contrato. Los Centinelas están en camino, es cuestión de días.
JEAN: Cómo desearía que el Profesor Xavier estuviera aquí, y saber que haría él en nuestro caso.
Un Jet negro aparece surcando el cielo. La pista de baloncesto se abre y el avión se introduce en el agujero hasta una de las plantas subterráneas.
BESTIA: Ahora tendremos ocasión de saberlo.
Capitulo 3
En el hangar subterráneo se posó el Pájaro Negro, el Jet de los X-Men.
Tormenta fue la primera en bajar por la escotilla, y saludó animosamente con la mano a Logan, Jean y Hank, que se acercaban hacia la escalerilla.
TORMENTA: ¿Cómo estáis todos?
BESTIA: No estamos mal… (Mirando embelesado a Ororo)
LOBEZNO: Podríamos estar mejor (cortando fríamente a Hank como siempre hacía, lo cual no gustaba nada al científico) ¿Y tú qué ‘Ro?
Tormenta miró a Logan. Era imposible camuflar la inmensa atracción que sentía por él. Pero hacía tiempo que ella se había concienciado que él no sentía lo mismo.
TORMENTA: Bien, bien. El Profesor os manda muchos recuerdos, está muy entusiasmado ayudando a Moira en sus proyectos.
Scott Summers, el hombre llamado Cíclope, salió por la escotilla como hiciera Tormenta momentos antes, y su primera reacción fue correr a los brazos de su embarazada novia.
JEAN: ¡Scott! (sonriendo ampliamente)
SCOTT: ¡Jean! (se abrazan) Oh, Dios mío, me voy unos días y te encuentro el doble de embarazada, jajajaja. (Se arrodilla para acercar su cara a la barriga de Jean y hablarle a su hijo) ¿Cómo está mi pequeño Nathan?
JEAN: Buff, ansioso por salir.
Todos ríen.
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Ya en el antiguo despacho de Charles Xavier.
SCOTT: Al parecer Lorna Dane sí que era hija de Magneto, por lo que nos ha dicho el profesor, me extraña que no nos lo dijera a tiempo.
TORMENTA: Al parecer no era lo único que se guardaba. No nos dijo lo del potencial de Jean, y nunca nos habló de Destino.
HANK: ¿Destino?
SCOTT: Irene Adler, una mutante, incluso mayor que el Profesor, que conoció antes de encontrar siquiera a Jean siendo niña, en Jerusalén, junto con Erik. Según Charles puede predecir el futuro, de hecho escribió 13 libros donde relató todo lo que había visto. El Profesor sólo pudo leer fragmentos en los que anunciaba la muerte del Senador Kelly, la llegada de los Centinelas, el levantamiento de Genosha, la fuerza Fenix y lo de mi hijo, destinado a destruir a un mutante de poderes incalculables o a convertirse en su semejante.
HANK: ¿No detallaba nada más sobre ese mutante?
TORMENTA: Si lo hacía no lo podemos saber, los libros están en paradero desconocido.
JEAN: ¿Y Adler?
TORMENTA: Tan desaparecida como sus libros.
HANK: Entonces no sabemos a qué nos enfrentamos.
LOGAN: Yo… lo olí.
SCOTT: ¿Qué?
LOGAN: Toda la enfermería está impregnada con su olor, estuvo allí, con Warren.
JEAN: Ángel, pensábamos que tras perder sus alas había vuelto con su padre, lo intentamos localizar…
LOGAN: Está con él, con ese mutante. Huele a quirúrgico, como si ni siquiera fuera humano.
TORMENTA: Según Destino, debido a su poder, puede que no lo sea.
LOGAN: Por esa regla de tres Jean tampoco lo es y ella huele a… a humano.
Hay un juego de miradas, Jean mira nerviosa durante un segundo a Logan, él la imita, pero esquiva rápido sus ojos. Scott lo observa todo tras sus gafas color rubí, mientras que Tormenta también agacha sus ojos azules.
Hank rompe el hielo.
HANK: Sepa algo o nada esa Irene Adler, debemos encontrarla, porque si no lo harán otros antes que nosotros y no creo que con las mismas buenas intenciones.
Capitulo 4
Bolivar Trask caminaba rápido hacia el ala oeste de la Casa Blanca. Sabía que sus actuaciones de los últimos meses habían suscitado sospechas entre el gabinete más allegado al Presidente, pero eso poco le importaba ya. Había conseguido dar un primer paso en su lucha contra los mutantes. Colocar media docena de Centinelas ante las mismísimas narices de los X-Men era más de lo que había esperado conseguir en un año.
Pero sus ambiciones no se quedaban allí. Sabía que la Mansión de Xavier era una décima parte representativa de los mutantes del planeta, y a el no le bastaba con convencer al presidente para poner a un cyborg por mutante. Bajo su destartalada apariencia, los Centinelas eran máquinas de matar.
Le sonó el móvil. Se detuvo un momento al ver el número que lo llamaba. Dudó, pero al fin descolgó.
BOLIVAR TRASK: Te he dicho que no me llames a este número, no es seguro. (Dijo bajando la voz) […] Bien… los Centinelas están de camino al punto X, será cuestión de horas. […] No, aún no actives el modo destrucción, dejemos que se confíen, controlemos sus movimientos, necesitamos conocer su tecnología para reproducirla. […] ¿Cerebro 2? No, quedó destruido con la rotura de la presa del lago Álkali. Pero Striker no contaba con nuestras nuevas armas. […] Está bien, y no me llames más aquí. […] Puede que tú seas el que le da alas a esos cyborgs, pero yo soy el que te da el dinero para volar, Bastión.
Cerró el móvil y entró en el Despacho Oval esbozando su mejor sonrisa.
Capitulo 5
A Pícara le repugnaba aquel lugar. Las paredes estaban mohosas, el agua por la que caminaba tenía un sospechoso olor y arrastraba todo tipo de desperdicios. Para colmo vio pasar una rata enorme y no pudo evitar agarrarse al brazo de Coloso, que iba ya convertido en acero. Al darse cuenta de su impulso lo soltó temerosa, aunque sabía que no tenía nada que temer si llevaba sus guantes.
Peter encabezaba la avanzadilla a través de las alcantarillas, Pícara a su lado, Hombre de Hielo detrás, Gatasombra lo seguía de cerca, junto a ella Júbilo, que destacaba por la chaquetilla amarilla que se había puesto sobre el uniforme, pese a las advertencias de Cíclope de que aquello iba a llamar la atención de sus enemigos. Cerraba la retaguardia Gambito, que, todo hay que decirlo, estaba allí en contra de su voluntad. Jugueteaba con sus cartas y hacía caso omiso a las órdenes de Bobby. A Pícara le divertía y le atraía esa actitud desafiante del cajún.
Sin previo aviso, un ser deforme, presumiblemente un ani-mutante con los rasgos de un lagarto les saltó en el camino y trató de evitar que avanzasen, pero sin mediar palabra, Coloso le propinó un golpe certero y lo noqueó en el suelo. Continuaron como si nada.
Llegaron a las coordenadas, delante de ellos se levantaba una puerta de acero, tras de ella se oían voces. Gambito colocó una carta en la ranura de la puerta e invitó a los demás a apartarse. La carta explotó y donde estaba la puerta sólo quedó un agujero por el que vieron la gran sala donde se confinaban los morlocks. Todos volvieron la cabeza hacia la puerta, Gambito hizo un saludo con la cabeza y se lanzó al ataque, para desesperación de Bobby, que trataba de organizarlo todo.
BOBBY: ¡Yo estoy al mando maldita sea! Coloso, a por esos mastodontes de ahí. Júbilo, a por esos ani-mutantes. Pícara, controla a esos que se dispersan. Gambito, tú a mi lado, cobertura a los demás. Gatasombra, llega hasta su polvorín e inhabilita las bombas. Misión: detener a un grupo terrorista de Morlocks listos para cometer atentados, preferiblemente sin muertos. ¡Vamos chicos!
Todos se dedicaron a lo suyo. Mientras Pícara aprovechaba su poder de absorción momentáneo para devolver a sus enemigos sus propios ataques, Coloso ya había arrasado media sala con sus puños. Júbilo lanzaba sus “fuegos artificiales”, glóbulos de energía que estallaban, a diestro y siniestro, eran tan rápidos como ella quería y se enorgullecía de saber que día a día iba tomando más poder sobre ellos. Bobby iba de allí para acá con su tobogán helado, echando una mano a los que lo necesitaban y quitándose de encima a los morlocks que se enganchaban a su transporte. Entre tanto Pícara había llegado a la sala donde guardaban las bombas atravesando las paredes y a cualquiera que se encontrara, creándoles una incipiente necesidad de vomitar. Las bombas le parecieron de lo más casera, habituada ella a las últimas tecnologías, le bastó meter ambas manos en ellas para que empezaran a echar humo y se desactivaran. No le dio tiempo a sacarlas usando todo empezó a desintegrarse a su alrededor.
Las bombas desaparecieron, como las paredes y las alcantarillas. El morlock que Coloso tenía en sus manos se le escapó desintegrándose antes de que pudiera siquiera pegarle.
La Sala del Peligro se descubrió ante ellos. Aún les inquietaban las reproducciones holográficas contra las que luchaban, pero aún más les inquietó la voz de Cíclope, que surgió de la nada.
CICLOPE: Muy bien chicos, lo habéis conseguido en un tiempo record. Podéis cambiaros.
JUBILO: Buen trabajo, Bobby.
BOBBY: Gracias, vosotros también habéis estado bien. Y… Gambito, la próxima vez, cíñete a mis órdenes.
GAMBITO: ¿Y qué he hecho si no, mon ami?
BOBBY: De haber sido verdad habrías matado a tres mutantes.
GAMBITO: No te estreses tanto, mi joven líder, c’est la vie.
Echó un brazo sobre Pícara mientras le susurraba algo en francés al oído intentando seducirla y salio de la sala. Bobby se quedó allí plantado. Scott se le acercó por detrás y dio una palmada en sus espaldas.
CICLOPE: Siempre hay una oveja negra en todos los equipos.
BOBBY: ¿Peor que Gambito, jefe?
CICLOPE: No te quejes, en el mío está Lobezno.
BOBBY: ¿Y que ese tío intente ligarse a tu novia?
CICLOPE: Sí (suspiró), te lo dan con el puesto.
Capitulo 6
Magneto miraba por la gran cristalera de su despacho que daba a su ciudad. No podía creer que ya fuera tan perfecta.
Mercurio estaba apoyado en la cristalera, mirando a su padre, rodeaba con sus brazos la cintura de su hermana melliza Wanda, mientras que esta se apoyaba en su hombro, también mirando a su padre.
Polaris permanecía más apartada, jugaba con unas bolas de acero haciendo que se fundieran y dándole la forma que deseaba.
POLARIS: Magneto, ¿has sentido esa variación en el magnetismo?
MAGNETO: Hace días que la siento, Polaris.
MERCURIO: ¿A qué se debe padre?
BRUJA ESCARLATA: Preguntas lo evidente, querido hermano. Centinelas. Docenas de ellos, tal vez cientos.
MAGNETO: Preparan una intervención contra mi pueblo, sabía que el día que Genosha se hiciera pública vendrían contra nosotros con todas sus armas.
POLARIS: ¿Y porqué no nos mantuvimos en el anonimato?
MAGNETO: Si las cosas no se dan a conocer es como si no existieran, ¿cómo íbamos si no a anunciar nuestra inminente victoria? ¿Con un ejercito fantasma?
POLARIS: Yo… no lo veo claro.
MAGNETO: Fuiste tú la que decidiste abandonar a esos perdedores de los X-Men, si ahora te echas atrás me demuestras que eres los suficientemente cobarde como para no merecer llamarte hija mía.
Polaris no aguantó más y salió de la sala.
WANDA: No es una de nosotros, padre.
MAGNETO: Wanda (acercándose a ella y acariciándole la mejilla) ¿He de recodaros a ambos (señalando a Pietro) que si no hubiera reclamado vuestro lugar a mi lado os habríais ido con la primera banda de héroes justicieros que se os hubiera puesto delante?
MERCURIO: Padre, nosotros siempre hemos sido fieles a tu causa.
MAGNETO: ¿Os he contado alguna vez como nació Genosha? (Pietro y Wanda niegan con la cabeza) Hace quince años, Charles y yo asistíamos periódicamente a casa de una joven mutante, vosotros la conocéis, Jean Grey. Yo quería iniciarla cuanto antes en el uso de sus poderes, pero Charles insistía en que antes de eso debía conocer la historia, para que ella no volviera a caer en los errores del pasado. Durante la Revolución francesa, un grupo de intelectuales crearon lo que llamaron las comunas, ciudades utópicas, aisladas del mundo que se regían por las leyes naturales. Conocer aquello me impactó, y me dio la idea de que porqué no hacer yo lo mismo. Descubrí entonces este virginal paraíso, y decidí que sería la capital de mi nuevo Imperio. Si Xavier sabía de mis intenciones no trató de evitarlas por ningún medio. Con el tiempo, nos separamos, y él creó su propia utopía en su amada escuela. Genosha es la mía.
Capitulo 7
Jean estaba nerviosa. Repasaba una y otra vez su discurso. Levitaba en su habitación un metro del suelo, suspendida en el aire con las piernas cruzadas, mientras que a su alrededor los folios de su presentación flotaban a su lado y se archivaban cuidadosamente tal y como iba ordenando su mente.
Scott entró en la habitación. Era normal hallarla así, por ello no se sorprendió. Se quitó el uniforme y lo colgó. Después se acercó a ella y la abrazó, poniendo su cabeza sobre su vientre, no podía creer que meses atrás la hubiese perdido y no creía que volviera a ser tan feliz como lo era ahora.
Ella acaricio su cabeza sin apartar la vista de los informes que tanto le preocupaban.
SCOTT: ¿Porqué no lo dejas ya y vienes a la cama?
JEAN: Oh, Scott. Estoy muy nerviosa, ese debate televisivo contra el Senador Trask me tiene preocupada. Ese hombre se guarda algo. Sonríe de una forma extraña.
SCOTT: Nos va a colocar seis Centinelas en el jardín. (Se aparta de ella para meterse en la cama) ¿Cómo esperas que esté?
Jean baja de su levitación, guarda los papeles y repasa una vez más la ropa que se pondrá en el debate.
JEAN: A la gente le da igual los aspectos científicos. No quieren saber como muta una célula, quieren saber como afectará eso a sus vidas. Sólo se tratarán aspectos políticos, apenas hablaré, y Hank se enzarzará en una discusión política con Trask. No sé para qué diablos voy.
SCOTT: Lo harás muy bien (la besa en la mejilla y apagan las luces)
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Logan está boca arriba en su cama. Su habitación colindaba con la de Scott y Jean, y a veces odiaba tener tan desarrollado el oído como un animal. Se movía mucho en la cama y decidió parar para dormir, pero al hacerlo la habitación quedó en un absoluto silencio y ya no hubo sonido de muelles que acolcharan las conversaciones que había a su alrededor.
Había escuchado muchas noches sus conversaciones, los había oído reír, llorar, pelearse… pero aquella noche había notado en la voz de Jean miedo, y en la de Scott incertidumbre. Aquello no le gustaba, ellos dos eran los capitanes de un barco que zozobraba, y si no eran ellos los que pusieran más fe en salvarse nadie más iba a hacerlo.
En otra habitación se oía la máquina de escribir de Hank, que daba los últimos retoques a su discurso. En la de Ororo no se oía nada, así que supuso que ya estaría dormida.
Echaba de menos los sonidos de Xavier, el ir y venir de su silla de ruedas en el piso de arriba, la música de Chopin mientras leía un libro, su máquina de escribir a la velocidad que le permitían sus dedos… Con él allí las cosas parecían a salvo, seguras.
Parecía que Jean y Scott no tenían la intención de callarse en toda la noche, y Hank no paraba de romper hojas y comenzar su exposición de nuevo, así que se levantó, buscó uno de sus habanos y se dispuso a fumárselo en el jardín.
Capitulo 8
Logan se estaba terminando su puro en el jardín. Tormenta se acercó a el y puso una mano sobre su hombro. Él le sonrió.
TORMENTA: ¿Qué te preocupa?
LOGAN: Todo esto, las cosas está pasando muy rápido. Ese mutante del que no sabemos nada, Magneto y Genosha, los Centinelas, el Club Fuego Infernal…
TORMENTA: … Jean y el niño…
Logan la mira interrogante.
TORMENTA: Ante mi no tienes que disimular nada Logan. Sé lo que sientes… lo que ambos sentimos… (Agacha la cabeza pero él se la levanta suavemente por la barbilla, ella lo mira con los ojos nublosos)
LOGAN: ‘Ro… no quiero hacerte daño, eso es todo.
TORMENTA: ¿Y porqué a mi si habrías de hacerme daño y a ella no?
Él no contesta, ella ya sabe la respuesta, ella no es Jean. Pero ella es Ororo Munroe, ha aprendido a ser más fuerte que todos los que viven allí.
LOGAN: ‘Ro…
Él se da cuenta de lo hermosa que es, también de lo fuerte que es. Sabe que no es Jean. No puede engañarse ni a él ni quiere engañarla a ella, pero algo esa noche atrae como magnéticamente sus labios hacia los de ella. Tormenta siente la misma atracción magnética, y se deja llevar deseando que él ponga todo su corazón sólo en ella. Logan espera que cuando cierre los ojos no sea otra cara la que vea, quiere saber que a quien besa tiene el pelo plateado y los ojos azules, sabe que será difícil, pero tiene que empezar a dejar de desear lo que no es suyo. Sólo quiere saber si por una vez puede amar y sobretodo ser correspondido.
Pero no le dan la oportunidad de saberlo. No le ha dado tiempo a entornar los ojos, cuando un helicóptero los alumbra en medio de la noche.
Se separan desorientados y se cubren los ojos por la intensa luz. Ya habrá tiempo para lamentarse del beso no conseguido.
Aparecen varios helicópteros más, todos con la insignia del Gobierno. El primero aterriza cerca de ellos y un militar baja y se acerca corriendo. Les habla dando gritos porque apenas se oye nada con el zumbar de las aspas de los helicópteros.
MILITAR: ¡Escuela Xavier, traemos los cyborgs! (le entrega unos papeles a Logan)
LOGAN: ¿Qué?
MILITAR: ¡Los Centinelas! (señala a un trailer que espera a la entrada del recinto)
Jean, Scott y Hank salen al encuentro vistiéndose a toda prisa. Los niños se agolpan a las ventanas de sus dormitorios para ver es espectáculo.
Coloso y Bobby desde el suyo miran atónitos.
COLOSO: ¿A las dos de la mañana?
BOBBY: El que sea quiere que fastidiarnos un rato.
COLOSO: Pensaba que ya nos fastidiaban poniéndonos esos robots.
Bolivar Trask, subido en uno de los helicópteros veía la cara de los mutantes atónitos y reía. Aquello era lo que quería, intimidaba a los mutis en su propia casa.
Capitulo 9
Scott firmó los papeles y observó toda la noche como iban montando los Centinelas en el jardín de su casa. Los niños pronto perdieron la expectación y se fueron a dormir. Poco a poco los X-Men se fueron también. Primero Jean y Tormenta, después Logan, que se fue maldiciendo. Así, Bestia y Cíclope se quedaron mirando los robots, que poco a poco iban creciendo en tamaño, hasta sobrepasar la altura de a escuela.
SCOTT: (negando) Esto no está bien.
BESTIA: Piensa en tu hijo, ¿quieres que pase el resto de su vida escondiéndose?
SCOTT: No, pero tampoco quiero que crezca con un robot de esos pegados a él día y noche.
BESTIA: A veces, Scott, hay que sacrificar un poco de libertad para proporcionarnos seguridad.
SCOTT: La libertad es lo único que nos hace a los hombres seguir siendo hombres. El día que nos la quiten a los mutantes será el día que de verdad tengan motivos para llamarnos monstruos.
Se dio media vuelta y se marchó. Bestia se quedó allí, mirando como los ingenieros terminaban de colocar los robots, y al rato también se marchó.
Ya en la cama, Scott no paraba de darle vueltas a lo que Bestia le había dicho. Él era ahora quien dirigía la escuela, era preocupación suya el porvenir de esos niños. Quizás debía pensar menos en lo que él creía, lo que le habían enseñado, y acostumbrarse a la presencia de los Centinelas. Los tiempos cambiaban.
Se preguntaba como Jean podía dormir tan placidamente a su lado, sin ningún tipo de preocupación. Al fin y al cabo ella estaba metida con él en aquello, era la segunda de abordo, pero su cara dormitaba llena de paz. Scott cerró los ojos e intentó dormir también.
Bestia, en su despacho, se dispuso a reescribir de nuevo su discurso del día siguiente, sabía que la decisión que tomara hundiría o salvaría al Gobierno y al Presidente, pero también tenía que pensar en los mutantes.
Capitulo 10
VOZ: Acércate, hijo mío.
Cáliban salió tembloroso de la oscuridad. Se acercó al que sería su nuevo señor y se arrodilló ante él, bajo un haz de luz que se colaba por una claraboya. No podía verle bien la cara, pero sus ojos resplandecían en la oscuridad, de debajo de su túnica apareció una mano fuerte, firme, poderosa, y la puso sobre la cabeza de su siervo.
Cáliban jamás había experimentado nada así antes. Sentía como la fuerza corría por sus venas, llenando cada rincón de su cuerpo.
CALIBAN: Mi, Señor… estáis lleno de vida.
VOZ: Pero a la vez soy la muerte, Peste.
CALIBAN: Mi nombre es Cáliban, Señor.
VOZ: Ese es tu nombre mutante, a partir de ahora eres peste, el tercer Jinete de Apocalipsis.
La figura se delató, dio un paso hacia delante y el rayo de luz cayó sobre él, iluminándolo en todo su esplendor.
Cáliban era un desterrado, un exiliado, un monstruo que se escondía en las alcantarillas, y que había encontrado compañía en los proscritos de Calisto una familia, los Morlocks. Pero ahora, en Genosha, los moradores de las cloacas habían salido a la luz y vivían como cualquier otro mutante. Cáliban no podía hacer eso, o al menos no quería, se consideraba un mutante demasiado poco poderoso y encima había sido maldecido con un aspecto monstruoso.
Pero ahora, contemplando a aquel ser de increíble poder y confianza, se sentía del lado de los mejores, y sabía que seguiría a aquel ser fuera donde fuera, le pidiera lo que pidiera, por el resto de su vida. Ahora era Peste, un Jinete de Apocalipsis.
Ozymandias apareció tras su amo destrozando el momento celestial, por lo que Cáliban lo maldijo por lo bajo.
OZYMANDIAS: Señor, sólo queda uno más.
APOCALIPSIS: Bien.
Detrás de él aparecen los otros dos Jinetes.
APOCALIPSIS: Cáliban, estos son los Jinetes Hambre y Muerte.
Muerte era Arcángel, que había perdido todo su aspecto celestial para convertirse en un ángel caído con sus alas metalizadas. Hambre, por otro lado era una mujer que Cáliban reconoció por haberla visto junto a Magneto una vez que había bajado a las alcantarillas a hablar con los Morlocks. Mística.
Capitulo 11
Fabián Cortez se paseaba rápido de un lado con las manos a atrás en una de las dependencias personales de Magneto. De vez en cuando, miraba a su señor, que revisaba ciertos papeles sobre su escritorio.
Magneto levantó la vista ante el incipiente nerviosismo de su asesor personal.
MAGNETO: Cortez, como sigas así me vas a poner nervioso a mi también. ¿Qué te preocupa?
CORTEZ: Perdón, mi Señor, pero ¿es que no lo ve? Podíamos haber mantenido en silencio la existencia de Genosha, ahora todas las potencias mundiales amenazan con empezar una Guerra Mundial.
MAGNETO: ¿Ah sí? ¿Y con que armas?
CORTEZ: ¿Ha odio hablar de la Guerra Nuclear? Contra eso no podremos…
MAGNETO: Cortez, esta mañana he ido a visitar una clase en la que hay veinte alumnos que superan con creces la fuerza de cien cabezas nucleares. ¿Crees que me preocupa mucho?
Cortez no contesta, sabe que ha metido la pata hasta el fondo.
MAGNETO: Y ahora, querido camarada, tengo preocupaciones mayores que las simples amenazas de cuatro viejos políticos. Hace tiempo que alguien nos vigila.
CORTEZ: ¿Ese mutante con el que se ha reunido un par de veces?
MAGNETO: Ese es su perro fardero, Ozymandias.
CORTEZ: ¿Y qué quiere exactamente?
MAGNETO: Una alianza, pero sus ojos son traicioneros, no daré un paso en firme hasta que Genosha y sus habitantes se consoliden como nación.
CORTEZ: ¿Qué me dice de Sebastian Shaw y su Club Fuego Infernal?
MAGNETO: Por ahora les he permitido que instalen uno de sus locales aquí, pero no creo que quieran mi beneficencia sólo para abrir clubs de striptease. (Se levanta) Reúne a tus Acólitos y a mi Hermandad en la sala de reuniones en dos horas.
Cuando Magneto sale de la sala y cierra la puerta, Cortez le hace una mueca, se sienta en el sillón de Magneto y lo gira para quedar de frente a la panorámica de Genosha, como ocupando el lugar de su señor.
CORTEZ: Como tú digas, Erik.
Capitulo 12
Los niños de la mansión jugaban en el jardín bajo la atenta mirada de los Centinelas. Aquella no era una mañana como las demás, todos, en cierto modo se sentían intimidados.
Tormenta y Jean miraban a uno de ellos.
TORMENTA: ¿Crees que habrá alguien dentro?
JEAN: No lo sé.
TORMENTA: Te echo un vuelo para averiguarlo.
JEAN: Te concedo ese honor.
TORMENTA: ¿Y eso? (la mira extrañada)
JEAN: Ya no vuelo. Me pesa demasiado la barriga.
Las dos ríen con ganas.
JEAN: Bueno, ¿en serio no vas a comprobarlo?
Tormenta la mira desafiante y se eleva en vuelo hasta acercarse a la cabeza del Centinela, intenta mirar por los ojos, pero son totalmente opacos y no dejan ver nada.
Dentro de la cabina, los dos ingenieros del Centinela ven a Tormenta mirando a través del cristal unidireccional a menos de un metro de ellos. Se regocijan en la vista que les muestra la mutante y en el hecho de saber que ella no puede verlos.
Tormenta se cansa de mirar y vuelve a bajar.
TORMENTA: Nada.
JEAN: En ese (señala al Centinela que Ororo estaba investigando), hay dos ingenieros. Uno de ellos es Bob Pesci, tiene 42 años, mujer y tres hijos, y cree que su trabajo está mal pagado para tener dos master y 800 horas de vuelo. El otro se llama Roy Dreyfuss, tiene 31 años. No está casado, pero no le importaría hacerlo contigo.
TORMENTA: (la mira asombrada) ¿Cómo lo haces?
JEAN: El Fénix lo ve todo.
TORMENTA: ¿Y qué ves en mi?
JEAN: ‘Ro… no creo que sea lo mejor leer tus pensamientos.
TORMENTA: Pero sin duda ya lo habrás hecho.
JEAN: Eso sería ir en contra de mi ética.
TORMENTA: Sin embargo dijiste que a veces no podías controlarlos, ¿qué ves en esos momentos?
JEAN: (suspira) ¿De verdad quieres saberlo?
TORMENTA: En verdad no, pero lo necesito.
JEAN: Te da miedo el pensar que con Scott ahora al cargo de la escuela las responsabilidades del equipo recaerán más sobre ti, y no estas segura de estar a la altura. Quieres que vuelva el Profesor, sin él aquí te sientes perdida. Día a día superas tu pánico a los espacios cerrados, pero aún por las noches sudas pensando que las paredes de tu habitación se ciernen sobre ti. Y… estas enamorada de Logan, y por ello estas empezando a odiarme.
Tormenta calla. Se da la vuelta y mira a unos niños que juegan.
TORMENTA: ¿Quién no te tiene envidia? Mírate. Todos aquí te quieren.
JEAN: A ti también.
TORMENTA: No es lo mismo. Siempre fuiste la favorita del Profesor, eras como su hija, e incluso creo que sentía por ti mucho más de lo que todos creemos. Hank siempre te adoró, cuando éramos jóvenes se pasaba el día detrás de ti, como un perro babeando, y tú ni siquiera te dabas cuenta. Scott y Logan están enamorados de ti… ¡Incluso los niños prefieren tus clases de biología antes que las mías de historia! (con los ojos brillantes y apunto de brotar lágrimas)
JEAN: ‘Ro…
TORMENTA: Jean, eres mi mejor amiga, y te quiero. Pero no puedo continuar así, y tal vez deberías decirle a Scott que cuando las cosas se relajen aquí presentaré mi dimisión.
Se aleja para meterse en la mansión, dejando a Jean sin habla en el jardín.
Capitulo 13
Magneto se reunió con los Acólitos de Fabián Cortez (Nance, Delgado, Anne Marie Cortez, y Cromo) y su Hermandad de Mutantes (Bruja Escarlata, Mercurio, Sapo, Avalancha, Dientes de Sable, Mole y Pyros).
Nada más entrar en la sala, Magneto notó que faltaba alguien.
MAGNETO: ¿Dónde esta Polaris?
CORTEZ: No estaba en sus dependencias, Señor. Ya he enviado a la guardia a buscarla a la ciudad.
BRUJA ESCARLATA: Ya te dije, padre, que no era bueno fiarse de ella.
MAGNETO: ¡Cállate Wanda, hablas de tu hermana!
MERCURIO: (defendiendo a Wanda) Padre, Wanda tiene razón, ella ha sido hasta ahora un X-Men, y además, nos ocultaste su existencia hasta hace sólo unos meses. No pretendas que sea una Maximoff.
MAGNETO: (pega a Mercurio en la cara, haciendo que caiga al suelo, Wanda va en su ayuda) Cobarde, porque te criaras con esa familia no significa que tu sí seas un Maximoff, ni siquiera un Lensher. Tu eres un mutante, hijo de la Hermandad, y serás tratado como los demás, sin ningún tipo de favoritismos.
CORTEZ: Tal vez haya vuelto con los X-Men.
PYROS: Iremos a buscarla.
MAGNETO: Dejadla (se sienta en su sillón). Estoy arto de que mis vástagos se revelen contra mí. (Mira a Pietro y a Wanda) El que quiera abandonar que lo haga, pero que cuando mi reino alcance la victoria no se arrastren ante mí llorando lágrimas de sangre, porque ni por esas los perdonaré.
De las sombras sale una figura enérgica que habla directamente a Magneto.
REY NEGRO: Eres orgulloso Magneto, pero también fuerte e inquebrantable.
Los Acólitos y la Hermandad se ponen en guardia, sobre todo después de ver que tras de él aparecen la Reina Negra y la Reina Blanca, Selene y Emma Frost, y unos cuantos soldados del Club Fuego Infernal. Magneto ni se inmuta.
MAGNETO: Sebastian Shaw. Señorita Frost (la saluda con la cabeza). ¿A qué debo este dudoso placer?
SHAW: Como sabrás, hace tiempo que estoy en contacto con un mutante, un mutante que me ha demostrado ser el más poderoso que haya visto jamás. Tiene planes de futuro, para todos nosotros, pero sobre todo para aquellos que se unan a su causa y le demuestren que no son débiles.
MAGNETO: Sí, he oído hablar de él. Aquel que se hace llamar Apocalipsis.
SHAW: El amo del Apocalipsis solicita tu ayuda en su camino hacia la gloria. Si así es, cuando la guerra termine te permitirá mantener tu apestosa ciudad de morlocks.
MAGNETO: (piensa durante un momento) Primero he de saber que es lo que quiere tu señor.
SHAW: Mi señor te pide un mutante. Uno sobre el que recaiga toda tu confianza, para convertirlo en su cuarto y último jinete, Guerra.
MAGNETO: (sonríe pensando) Un mutante de mi más allegada confianza. ¿Qué pensaría tu señor si le entrego a uno de mis propios hijos?
SHAW: Eso le haría saber que de verdad apoyáis su proyecto, porque si las cosas no resultan como el había planeado, la rata que le traicione será la primera en morir.
MAGNETO: Le daré a tu señor a mi… leal y querida hija Polaris. Ahora mismo no está aquí porque la he mandado a una de mis importantes misiones (sonríe maliciosamente).
MERCURIO: ¡Pero, padre, dijiste que Lorna…!
MAGENTO: Disculpa a mi hijo Pietro, son los celos de saber que no es el elegido.
SHAW: Bien. La más importante misión de los nuevos jinetes es la de matar al vástago no-nato que ocultan en el seno de los X-men.
MAGENTO: El niño de Fénix. ¿Qué tiene que tanto teme?
SAHW: Según la profecía será el destructor de mi señor. Y ahí radica la misión que a ti te encomiendo. En tu ciudad, con los morlocks, se esconde una mujer a la que llama Destino y con la cual mi señor quiere hablar.
MAGNETO: Conocí hace tiempo a esa mujer. ¿Cómo es que él sabe donde está?
Sebastian Shaw sonríe y se da media vuelta, seguido de las dos reinas.
Magneto mira al infinito pensativo.
MAGNETO: Mística…
Shaw sale del edificio con paso ligero y mira a Emma.
SHAW: ¿Qué ves Reina Blanca?
EMMA FROST: Sólo le interesa estar informado de nuestros planes. No piensa apoyar el proyecto de Apocalipsis.
SHAW: Excelente. (Ríe)
Capitulo 14
Bolivar Trask no cabía en sí del gozo que tenía. No podía creer que aquello fuera lo único que Charles Xavier pudiera mandar para aplacar su campaña anti-mutante de los últimos meses. Hank MacCoy no era lo que pudiera considerarse lo más humano a algo que hubiera visto antes, con su pelaje azul y sus casi dos metros, esas garras y su furia que lo hacían llamarse Bestia, se convertía en un blanco fácil para sus críticas, pues lo que la gente buscaba saber en verdad es si los mutantes podían convivir pacíficamente y en igualdad de condiciones con los humanos. Desde luego, Hank había observado eso, y había decidido que el cuidar lo máximo su aspecto era fundamental para esa conciliación, y se había convertido en lo que Bolivar creía un osito de peluche.
A pesar de todo, Trask no pudo disimular una mueca, conocía a Henry, sabía que era un excelente orador, que podía meterse a la gente en el bolsillo con una sola palabra. Ambos habían trabajo juntos en el gabinete del Presidente, y no era para nadie desconocida su intensa enemistad.
Miro a la mujer que lo acompañaba. Meses antes Jean Grey le hubiera deleitado la vista, pero tras ver el video de lo ocurrido en Alcatraz, extendió la mano hacia ella temblorosa y una gota de sudor fría recorrió su espalda.
Forzó una sonrisa para ambos y se sentó en la mesa de debates, a la espera de que las maquilladoras terminaran de quitarle algunos brillos de la cara.
Bastión apareció detrás de él “Genial –pensó- la discreción a los cuatro vientos”
TRASK: ¿Qué demonios haces aquí?
BASTIÓN: La primera fase del proyecto Centinela ha terminado, era la única que nos ataba, ya no hay nada que temer, podemos vernos en público.
TRASK: ¿Y qué me dices de Tolerancia Zero?
BASTIÓN: ¿Tienes miedo de perder tu puesto de honor? ¿Sabes que cuando termine la Operación no tendrán más remedio que echar a tu Presidente? ¿Y en quien se fijaran? En ti, el libertador de la amenaza mutante.
Trask se regocijó un segundo en la visión de él sentado en el sillón presidencial del Despacho Oval.
BASTIÓN: ¡Pero qué demonios! ¿Y estos son los temidos X-Men? (mirando a Hank y a Jean) ¿Un político parlanchín velludo y una embarazada en cuya última intervención acabó por los suelos? (ríe)
TRASK: Ese velludo azul es el que ha hecho que nuestro proyecto se retrase cinco meses, y esa mujer… ¿viste lo que paso en Alcatraz?
BASTION: Sí.
TRASK: Lo hizo ella.
BASTIÓN: ¿Bromeas? ¿Cómo la dejan acaso salir de la Mansión? Debería estar con una camisa de fuerza, esa mujer está loca.
TRASK: No hay camisa de fuerza en este mundo que pueda detenerla.
REALIZADOR: ¡En el aire en 2 minutos!
Bastión se apartó y se puso en un segundo plano, detrás de las cámaras.
Jean no pudo obviar sus movimientos.
JEAN: Hank, ¿quién era ese hombre que hablaba con Trask?
BESTIA: Su cara me es familiar, lo he visto alguna vez con Trask, pero nunca me lo presentaron, creo que tiene que ver con el proyecto Centinela.
REALIZADOR: Estamos dentro en tres, dos, uno…
Capitulo 15
PRESENTADOR: Buenas noches (exhibiendo una sonrisa falsa), hoy en nuestro Debate Abierto, contamos con la inestimable presencia de uno de los hombres clave del Gabinete del Presidente, Bolivar Trask. Que ha comenzado una operación con la cual recopilará información sobre los poderes de ciertos mutantes, llamado el programa centinela. A mi izquierda, otro hombre mano derecha del Presidente, además de secretario para las relaciones mutantes y científico de inigualable talla, el Dc. Henry McCoy. A su lado, la señorita Jean Grey, científica especializada en la evolución mutante.
McCOY: Buenas noches Larry, para comenzar sólo quería decir que la operación Centinela no ha sido tan sólo llevada a cabo para recopilar información sobre mutantes, sino para la vigilancia diaria, total y fuera de toda moral de la privacidad, que no tiene otro fin que confinar a los mutantes en espacios cerrados, como hicieran los nazis en campos de concentración. Lo que estamos viendo no es más que la punta del iceberg de todo este problema.
BOLIVAR: Exacto, el problema mutante.
McCOY: Volvemos a lo de siempre ¿Problema mutante? ¿En serio nos ve como un problema?
BOLIVAR: Sí, como un problema. ¿Qué son sino los actos terroristas llevados a cabo por Magneto en los últimos dos años? ¿Qué me dice de esa ciudad que ha construido, Genosha? ¿Cuánto tardarán en iniciar una tercera Guerra Mundial? ¿Qué me dice de lo que ocurrió en la bahía de San Francisco? En Alcatraz murieron más de doscientos soldados, humanos. ¿Porqué su gabinete, que fue el encargado de la evaluación de daños ocultó todas las pistas concluyentes y alegó que lo allí ocurrido fue causa de una explosión por los líquidos inflamables allí almacenados?
McCOY: Señor Trask, mi equipo es de los más eficientes del país, si han dado esa conclusión por algo será.
BOLIVAR: Henry… cuando pienso en Alcatraz, en lo que ocurrió allí… solo me viene una palabra a la cabeza: raro. Todo lo que pasó era muy raro. ¿Y sabe la siguiente palabra que se me viene a la mente al mencionar la palabra raro? Mutante. (Con desprecio en la voz. Mira a Jean sin ningún tipo de disimulo)
McCOY: No podemos negar que el ataque de Magneto fue determinante…
BOLIVAR: ¿Determinante? ¿Qué me dice de lo ocurrido en el edificio científico de Manhattan?
McCOY: Lo teníamos controlado hasta que aparecieron sus Centinelas.
BOLIVAR: ¿Lo teníamos? (sonríe) ¿Quiénes?
En ese momento Hank sabía que había metido la pata.
BOLIVAR: Yo le diré quienes lo tenían controlado. (Busca en sus papeles hasta encontrar uno y lee en alto lanzando cualquier precaución a los cuatro vientos) Los X-Men.
Hank empezó a sudar, necesitaba respirar, desabrocharse la corbata, quitarse el traje que le oprimía el pecho y las piernas, estar en los jardines de la Mansión corriendo y subiéndose en los árboles, aunque no le atrajera la idea de verse convertido en un animal irracional. Sintió la mano de Jean agarrando la suya debajo de la mesa, fuerte, temblorosa. Tuvo una fugaz mirada para ella, estaba pálida. ¿Iba a hacer Trask lo que creía?
Capitulo 16
En la Mansión Cíclope se llevó las manos a la cara. Desde un principio había sabido que aquel debate no era buena idea. Trask tenía más información de la que nadie pensaba, y amenazaba con hablar. Y para colmo Jean estaba allí, colándose tras la pantalla de millones de hogares de todo el mundo, despidiéndose del anonimato en apenas unos segundos. Y lo que más temía es que a la mañana siguiente, la cara de su mujer estuviera en cada una de las portadas de los periódicos del país como la mutante que mató a cientos de militares en Alcatraz. Jean apenas recordaba lo que allí había ocurrido, había estado en una especie de shock, y él no le había dejado ver ninguna imagen de lo que allí ocurrió, si hubiera conocido el alcance de su devastación, de lo que allí hizo, de cuantos padres de familia mató, seguramente no habría podido soportarlo y se hubiera quitado la vida. Y él detrás de ella.
Tormenta andaba de allá para acá, nerviosa, y repetía de vez en cuando un entrecortado “Esto no puede estar pasando”.
Coloso también se había puesto en pie, furioso, y apretaba los puños y se preguntaba si deberían coger el Jet, ir hacia la televisión y partirle la boca a ese Trask antes de que soltara nada más.
Los demás X-Men miraban la pantalla boquiabiertos y subían tanto el volumen para no perderse ni una palabra que algunos creyeron oír los acelerados latidos del corazón de Bestia que amenazaba con salírsele del pecho, mientras que otros pensaron que era el niño de Jean dando patas y pidiendo salir para estrangular a Bolivar Trask con su propio cordón umbilical.
Logan no miraba la televisión, se limitaba a oír lo que Trask tenía que decir y lo que Hank le espetaba. Creía que era un mal sueño y que pronto despertaría en su cama, empapado en sudor y agradecido por que sólo fuera una pesadilla como las que solían rondarle.
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En Genosha, Magneto no podía creer lo que estaba viendo. Sonreía con una mueca, pero en realidad no estaba contento, sabía que si Trask seguía hablando los focos de atención se centrarían de pronto en el pequeño condado de Westchester, y eso no es lo que necesitaba su pequeña y emergente nación.
Mercurio y Bruja Escarlata hablan sobre el debate, y Magneto levantó la mano para rogar silencio.
Cortez entró rápido, miró un segundo la tele y como habiendo sabido lo que ocurría no le prestó ni la más mínima atención. Se acercó al sillón de Magneto, y le susurro al oído, con cuidado de que ni Wanda ni Pietro lo oyesen.
CORTEZ: Señor, hemos encontrado a la mutante Destino, está abajo, esperamos su señal.
MAGNETO: ¿Y mi hija?
CORTEZ: Shaw se la han llevado en contra de su voluntad, dice tener una mejor arma de persuasión. Ya sabe, la telépata.
Magneto asintió.
Capitulo 17
Hank McCoy quería gritarle a Jean que para todo aquello. Podía hacerlo, así, sin más. Sólo quería que apagara durante unas milésimas de segundos el cerebro de Trask para dejarlo en un coma reversible, o más fácil todavía, que hiciera que de improviso olvidara que estaba allí y creyera que estaba contándoles un cuento a sus hijos. Sería gracioso ver a Bolivar relatando como el correcaminos huye del coyote. Pero no estaba de humor para que ese pensamiento le hiciera gracia, simplemente, cuando miraba a Jean, ella no estaba allí. Tenía los ojos vidriosos y llegó a distinguir en ellos un destello que soltó una lágrima que luchaba por salir. Su mano, apretaba fuerte la suya, como si de repente tuviera un pánico atroz. No sabía que le pasaba, sencillamente no quería estar allí.
BOLIVAR: ¿Qué tiene que decir sobre los X-Men?
HANK: (enderezándose en su silla) Señor Trask, hemos venido a hablar de los Centinelas, no queramos hacer perder el tiempo a la gente hablando de cosas que no esperaban oír.
BOLIVAR: Pero estoy seguro de que en estos instantes toda la nación está deseando saber qué son los X-Men.
HANK: Bolivar (con odio) no sabes lo que estás haciendo.
BOLIVAR: Sí que lo sé, Hank. (Lee sus apuntes) En 1966 un joven de tan sólo veinte años conoce a otro joven de su edad en la guerra del Vietnam, en una operación que permitiera destruir las infraestructuras del Vietcong. Al instante se hacen buenos amigos y cuando terminan su servicio militar tres años después deciden regresar juntos a Nueva York, impulsados por el deseo de construir un mundo mejor para todos aquellos que fueran diferentes, que fueran como ellos. Se me olvidaba mencionar que estos dos jóvenes eran mutantes.
Jean tenía el cerebro dividido. Por una parte oía atónita a Trask, conocía esa historia mejor que nadie, Xavier se la había contado cuando no tenía más de quince años, en las largas, frías y oscuras noches que había pasado sola en la Mansión. Aquella casa era un lugar demasiado grande para dos personas y para las, cada vez menos frecuentes, visitas de Erik.
Charles, al verla deambular por los pasillos sin saber a donde ir ni qué hacer, le había invitado a pasar a su despacho y a sentarse frente al fuego, donde le contaba sus aventuras en el frente. Ella oía las historias apasionada. Recordaba la temporada en la que Xavier había perdido la facultad de andar. Él siempre le mentía y le decía que en uno de sus viajes había sufrido un accidente de coche, pero Jean sabía la verdad, que una discusión con Magneto había acabado en tragedia, y a Jean no le hacía falta preguntarlo ni intentar leerle la mente, tan sólo había notado que Erik no había vuelto nunca más. El profesor estaba deprimido y pasaba largas temporadas sin salir de cama, pero no por ello descuidaba su atención a Jean, más que eso, era ella ahora la que se preocupaba por él y la que intentaba que se sintiera a gusto. Una tarde el Profesor se durmió a su lado, mientras ella recitaba a Shakespeare. Jean, que ya tenía diecisiete años y el control de su telepatía se había incrementado, simplemente no puedo contener la curiosidad y hurgó en su mente para saber que había ocurrido en su encuentro con Erik. No estaba acostumbrada a leer la mente de un telépata vulnerable ante el sueño que dejaba su conciencia abierta de par en par y buscando se topó con lo que nunca debiera ver: Charles Xavier estaba enamorado de ella. Huyó de la habitación rauda y se metió en su cuarto, del que no salió en dos días. No podía creer lo que había visto, sencillamente ante los ojos de la sociedad era inaceptable. Pasados esos dos días Charles, ante su preocupante ausencia bajó en su busca y la encontró haciendo las maletas, había hablado con sus padres para irse a un colegio internado en New Jersey. Jean quería quedarse, esa era la verdad, pero no podía convivir en aquella casa tan grande con él sólo. Charles se sintió apenado por su marcha, pero no indagó en la mente de la joven para saber el porqué de aquel cambio repentino. Dieciocho meses después, Charles la llamó, un nuevo estudiante había ido a la mansión y en apenas unos meses vendrían dos más. Jean se encontró así con Scott, y el enamorarse repentinamente de él le hizo olvidar casi por completo lo que había visto en la mente de Charles. Tan sólo años después, mientras compartía una romántica cena con Scott, habló por primera vez a alguien de lo que sabía. Pero ambos consideraron conveniente seguir con sus vidas como si nada.
Y ahora estaba allí, sentada en aquella mesa con dos de los hombres más importantes del gobierno, siendo enfocada por tres cámaras simultáneamente, siendo vista por millones de personas, y también sabiendo que una más allá del televisor cuya identidad estaba a punto de ser revelada estaba pensando porqué ella no hacía nada para detenerlo.
“¿Porqué no lo detengo?” Reflexionó un momento. Algo la bloqueaba, no eran las palabras del senador, no era la mano de Hank que apretaba fuerte la suya, no era los desorbitados latidos del corazón de Scott que sentía junto al suyo a través de los kilómetros que separaban el plató de la Mansión. Era algo mucho más cercano. Bastión. ¿Pero cómo? La estaba bombardeando con imágenes, imágenes de ella matando, desintegrando a la gente, destruyendo edificios, ardiendo en llamas, llena de odio y pasión.
Capitulo 18
En Inglaterra, en el laboratorio McTaggert, Moira terminaba de analizar unas muestras de un nuevo mutante que había encontrado cuando oyó la voz de Henry McCoy en el crepitar de la televisión. Reconocería esa voz profunda y aleonada en cualquier lugar. “¿Cómo había podido ser tan despistada de olvidar que el debate era aquella tarde?”. Le subió el volumen al televisor y lo que oyó hizo que sus manos temblaran y no tuviera más remedio que soltar la muestra.
MOIRA: ¡Charles! ¡Corre Charles! ¡Algo está pasando!
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BOLIVAR: Después de pasarse años recorriendo el mundo y trabajando en diversos proyectos pro-mutantes, deciden llevar acabo un proyecto que como tapadera tomaría la forma de una escuela para jóvenes con talento, mientras que de verdad el fin sería organizar un grupo de acción, listos para usar la violencia en pos de los actos mutantes: los X-Men.
HANK: La escuela no se trata de ninguna tapadera, es el verdadero fin del sueño de un hombre que busca la paz y el bienestar de lo mutantes.
BOLIVAR: Usted lo ha dicho, la paz y el bienestar de los mutantes, a qué coste. ¿Sacrificando la seguridad de los humanos?
HANK: No, luchando con ellos para asegurar la prosperidad de ambas especies. Coexistencia.
BOLIVAR: Hay mutantes que no creen en esa coexistencia.
HANK: Claro que no, pero también hay humanos que no lo ven factible.
BOLIVAR: (mirando a la cámara) Señores, el nombre del amigo del benefactor de los X-Men es Erik Lensher, Magneto.
En la sala se produjo un inquietante murmullo.
BOLIVAR: Magneto. El mismo terrorista al que le cayó cadena perpetua por atentar desde la Estatua de la Libertad contra los principales líderes del mundo, el mismo que huyó de su prisión de plástico y es principal sospechoso de volar una presa en Canadá que sepultó a media docena de pueblos, el mismo que arrancó de cuajo el Golden Gate, y estuvo implicado en la matanza de Alcatraz.
HANK: La escuela se desvincula de tales actos, el director perdió contacto con Lensher mucho antes de que iniciara sus actos terroristas.
BOLIVAR: Pero sí que lo visitó en su prisión.
HANK: El Profesor sólo quería que reconsiderara su postura radical…
BOLIVAR: El Profesor… ah sí. Charles Xavier.
Esta vez sí que se hizo el silencio en el plató. Toda la nación conocía a Charles, el simpático señor de la silla de ruedas que defendía en público la postura mutante. “Uno de los pocos humanos que simpatizan con los mutantes” decía la gente. Pero resulta que ese gracioso señor era uno de ellos, y al parecer de los importantes, y tenía una escuela donde instruía a mutantes, y un grupo de acción llamado los X-Men.
Lo había dicho Bolivar Trask, lo había dicho sin más. El siguiente pasó era saber si confesaría que el gobierno conocía la existencia de la escuela y se lo había callado, y que un X-Men era el que había perpetrado la matanza de Alcatraz.
Pero si iba a decirlo nunca se supo. Al oír el nombre de Charles Xavier, Jean reaccionó y miró a los ojos a Trask.
JEAN: La Escuela Xavier para Jóvenes Talentos es un hogar para los mutantes que se sientes apartados, rechazados y atemorizados por el resto de la humanidad, ha sido mi hogar desde que era una niña. Los X-Men sólo queremos garantizar la seguridad, tanto para unos, como para otros.
BOLIVAR: ¿En serio? ¿Qué me dicen de los daños colaterales? ¿O es que no hay daños colaterales? ¿No muere nadie por… accidente?
Fue como si a Jean le hubieran dado una bofetada, incluso echó la cara un poco hacia atrás como si acabara de recibirla. Hank no aguantó más.
HANK: Senador Trask, aquí ha terminado el debate.
BOLIVAR: Eso es Hank, huye. Todos los mutis sois iguales. Unos cobardes que encima os creéis que podéis apoderaros del mundo.
El presentador tuvo que mediar. Más que un debate de la nación aquello se había convertido en algo personal, en una pelea de colegio en la que ambos bandos se afanaban por ser los que más fuerte tirasen de los pelos a los adversarios.
Capitulo 19
Scott forzó rápido su Mazda RX8 para dejar atrás lo antes posible Salem Center y dirigirse al 1407 de Graymalkin Lane, donde estaba emplazada la Mansión.
El motor de la potente máquina rugía bajo su asiento y pudo sentir cómo le derrapó al tomar una curva muy cerrada, pero en ningún momento perdió el control. Apartó su atención de la calzada durante un segundo y se lo dirigió a Jean, que estaba en el asiento del copiloto, miraba por la ventanilla, con la mirada perdida, visiblemente nerviosa.
Cíclope miró por el retrovisor la cara de Bestia en la parte de atrás del coche. Si no hubiera sido por su espeso pelaje azul, Scott habría estado seguro de su rostro estaba pálido por la angustia.
Cuando, aún estando en la Mansión, había oído hablar a Trask de Charles y de los X-Men, Tormenta lo había cogido por el brazo fuerte y no había hecho falta que cruzaran ninguna palabra. Sencillamente, Scott había corrido al garaje, sin ponerse ni tan siquiera su uniforme y había partido raudo al plató de televisión, en el corazón de Manhattan. Cuando había llegado allí se había abierto paso entre los periodistas que atestaban la entrada del estudio en busca de una exclusiva de labios de Henry McCoy. No sabía bien como había podido entrar tan adentro sorteando la seguridad, pero se sentía decidido a abrirle un agujero en el pecho con sus rayos ópticos a cualquiera que se le pusiera por delante y evitara que pudiera sacar a Jean de las fauces de una prensa enloquecida por la reciente noticia.
La había encontrado corriendo por uno de los pasillos buscando la salida de la mano de Hank, mientras una docena de periodistas encabezados por Bolivar Trask los seguían. Trask le gritaba Hank que no tenía vergüenza y que era un cobarde, que todo se sabría al final y que los Centinelas acabarían con ellos. Scott se puso entre ambos grupos y miró a Trask lleno de rabia y se llevó la mano a las gafas, en un ademán de quitárselas, sabía que sin su visor sería difícil contener una ráfaga de rayos ópticos, pero se contuvo. Trask lo reconoció y retrocedió asustado, esto le dio tiempo a Scott a conducir a sus amigos a la salida y de allí al coche.
No habían dicho nada, no había mucho que decir. Hank, estaba asustado, Jean conmocionada, Scott furioso.
Pero más furioso se puso cuando llegaron al gran portón que daba entrada al terreno que componía la Mansión y sus jardines. Casi cincuenta periodistas se agolpaban en la puerta, los que tenían cámaras de video empezaron a grabar, los fotógrafos hacían destellar sus flashes ante las caras atónitas de los tres mutantes, y los periodistas golpeaban los cristales esperando que decidieran bajar alguna ventanilla para hacer declaraciones. Además, docenas de manifestantes gritaban al unísono levantando pancartas con insultos hacia ellos.
El gran portón se abrió y dejó pasar el coche, volvió a cerrarse dejando tras las puertas a los periodistas, que siguieron dando voces.
Apenas había pasado una hora de las declaraciones de Trask. ¿Cómo podían haber averiguado donde estaba la Mansión en tan poco tiempo? ¿A caso había dado más información a los medios de lo que ninguno de ellos sabía?
Capítulo 20
Dentro de la Mansión reinaba el más absoluto caos. Tormenta y Logan no paraban de atender llamadas de amenazas y de padres indignados porque pensaban que sus hijos estaban en una escuela privada normal y corriente.
Muchos de los padres se habían acercado a la escuela y se llevaban a sus hijos en contra de su voluntad.
La mayoría de los niños más pequeños lloraban, y Pícara se acercaba a consolarlos.
Intentaba calmar a una niña que no tendría más de doce años, cuando su madre apareció, y se la arrancó de los brazos.
MADRE: ¡Apártate de ella, muti!
PICARA: No se quiere ir, este es su hogar.
MADRE: ¡Esto es una perrera! ¡Y no voy a consentir que mi hija esté aquí!
PICARA: Pero necesitara ayuda…
MADRE: Claro que sí, de un buen médico, no de un atajo de profesores.
En el forcejeo, la piel del brazo no cubierta con guantes de Pícara roza a la mujer, esta siente como si hubiera metido los dedos en un enchufe y una descarga eléctrica hubiera recorrido su cuerpo. Puede ver los recuerdos y pensamientos de Pícara dentro de su cabeza, y contemplan como los suyos mismos empiezan a ser revueltos por la joven.
Pícara corta rauda el contacto y la mujer toma aire, muy pálida.
MADRE: ¡Aléjate de mi, monstruo!
Coge a su hija y se marcha pese al forcejeo de la niña. Pícara se encoge en si misma, ya no sólo aterrorizada por la experiencia, sino por saber que poco a poco su mundo se desmorona, el único hogar que siente como tal empieza a convertirse en un lugar extraño.
Bobby Drake se le acerca por detrás y la abraza.
BOBBY: Ni siquiera esto lo pueden evitar los X-Men.
Ella se da la vuelta y lo mira a los ojos. Por primera vez han perdido el calor que los caracterizaba, ahora son más fríos que su propio nombre código.
PICARA: No sé si quiero seguir aquí Bobby… no sé si quiero seguir así.
BOBBY: Yo tampoco lo quiero.
PICARA: Entonces…
BOBBY: Eres libre Marie. Puedes hacer lo que quieras.
Se da la vuelta y se va. Mientras lo veía alejarse, Pícara se dio cuenta de lo mucho que había crecido y sobretodo madurado Bobby en muy poco tiempo. Se había convertido en el líder de los nuevos X-Men, estaba apunto de convertirse también en profesor a sus veintiún años, y estaba cansado de su relación con ella. Pícara también considero que era una relación manía, y es que la joven no podía ocultar la enorme atracción que sentía hacia el nuevo, Gambito. Sabía que no era algo sólo sexual ni sensual, había algo más. Sentía que no podría pasar el resto de su vida si no era a su lado, y lo mejor de todo, es que él le había confesado lo mismo. No quería hacer daño a Bobby, pero sabía que era un buen chico, y que encontraría una buena chica con la que sería feliz.
Por un segundo todo fue perfecto, pero despertó a la dura realidad cuando un niño tiró de su manga y le preguntó que si iban a cerrar la escuela, ya que él no tenía a donde ir. En ese momento se dio cuenta de que ella tampoco tenía a donde ir.
Capítulo 21
El mundo que los X-Men habían conocido se desmoronaba rápido que lo que cualquiera de ellos era capaz de asimilar.
Esa tarde todos se reunieron para hablar con Charles Xavier por conferencia desde Escocia. El Profesor pedía calma y paciencia, otros, como Logan, a la desesperada, pedían que utilizara sus poderes para borrar el recuerdo de la existencia de la escuela a la gente. Tormenta, incluso había insinuado que estaría bien cerrar la escuela, al menos por un tiempo, sin esconder su desagrado por estar allí en esos momentos, y con más motivos que nunca para querer marcharse.
Charles Xavier concluyó la reunión perseverando en que la continuidad de la escuela era el único salvavidas que le quedaba a los mutantes del mundo frente al odio de los humanos.
Cuando todos salieron de la sala, Bobby se dirigió a los nuevos X-Men.
BOBBY: Ahora tenemos que entrenar más que nunca para salvar este santuario. ¿Puedo contar con vosotros verdad?
COLOSO: ¿A caso lo dudas? Este es nuestro hogar, yo no dejare que nadie nos aleje de él.
KITTY: Si vuelvo a mi casa seguramente mi padre me echara, así que no tengo donde ir.
JUBILO: No pienso volver a casa, me quedo aquí.
BOBBY: ¿Pícara?
PÍCARA: Yo tampoco tengo donde ir.
GAMBITO: Chére, siempre podrías venir conmigo.
BOBBY: Ella se queda (encarándose a Gambito), si tu quieres irte y correr tu propia suerte, adelante, que te vaya bien, pero no la arrastres a ella.
GAMBITO: Dejemos que decida ella, mon ami.
BOBBY: ¿Es que acaso quieres ponerla en el suelo como un perro para ver con quien se va?
PICARA: Yo… no puedo irme de aquí.
GAMBITO: (sorprendido) Marie… déjalo. Me voy, para que malgastar el tiempo con unas hermanitas de la caridad. (Se va).
PICARA: ¡Remie! (él no se vuelve)
COLOSO: Déjalo pequeña, volverá cuando se de cuenta que de puertas a fuera somos los enemigos.
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La noche cae sobre la Mansión. A lo lejos puede oírse aún varios protestantes frente al gran portón de hierro, y los coches de las cadenas de televisión que se acercan a dar las últimas noticias. Un centinela se movió en el jardín y lanzó un gemido metálico que hizo sisear a Logan.
Se percató de que se acercaba mucho antes de que ni siquiera recorriera el pasillo que llevaba a su habitación. Oyó sus pisadas, luego olió su perfume, y por último miró sus ojos cuando se encontraron con los de él al entrar en la habitación.
JEAN: Oh, sigues despierto.
LOGAN: ¿Alguien puede dormir esta noche aquí?
JEAN: Cierto (sonríe).
LOGAN: ¿Qué quieres Jeanne?
JEAN: Sólo quería darte las gracias.
LOGAN: ¿Las gracias? ¿Por qué?
Ella se sienta en su cama y le invita a hacer lo mismo.
JEAN: Por salvarme.
LOGAN: Te maté, Jean.
JEAN: Me liberaste, me diste la vida.
LOGAN: Pensaba que no recordabas nada de lo que ocurrió.
JEAN: Alguien se a tomado muchas molestias en hacerme recordar lo que pasó, como si alguien quisiera hacer despertar el Fénix de nuevo.
LOGAN: Eso no pasará, tú no eres el Fénix.
JEAN: Sí lo soy. Soy por igual Jean y Fenix, somos una, un todo.
Logan guarda silencio.
JEAN: Logan, lo único que recuerdo es tu cara, la cara de mi salvador. (Le acaricia la cara)
LOGAN: Jean… (Logan, tomando su mano y besándosela). Tú y yo no…
JEAN: Es gracioso. Eso fue lo que yo te dije en un principio, que no funcionaría.
LOGAN: Pero no me diste la oportunidad de probar que te equivocabas.
JEAN: Todo el mundo tiene siempre una segunda oportunidad…
Si aquello era una oportunidad, Logan sí que la aprovechó esta vez.
Se inclinó un poco sobre ella en busca de sus labios, pero abrió los ojos al notar que no los había encontrado. Jean miraba al frente, a unos centímetros de sus labios que aguardaban que ella se decidiera.
JEAN: … pero tú las has malgastado muchas veces. Y… deberías hablar con Tormenta.
A él la contestación le pilló por sorpresa. Descolocado, la miró y vio destellar sus ojos, como si buscasen el fuego que los había consumido una vez.
Logan se dio cuenta entonces que Jean, frente a lo que él había pensado, sí que lo quería. Lo quería de verdad, de una forma desenfrenada y animal, instintiva y primaria. Pero era muy diferente de cómo él la quería a ella. Su amor hacia ella era suave, cariñoso, atento y comedido. Y era de ese mismo modo como quería que lo amase, pero sabía que ese tipo de querer pertenecía a otro. Jean podría pertenecerle en cuerpo cuando él quisiera, pero su alma y su corazón nunca estarían allí.
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Tormenta lo había oído todo detrás de la puerta. No pudo soportarlo más, se dio la vuelta y se metió en su habitación, sacó una gran maleta del armario y empezó a llenarla con sus cosas.
Capítulo 22
Bolivar Trask no había parado de recibir llamadas en todo el día.
Cadenas de televisión internacionales que querían hacerle entrevistas, periódicos que querían saber más sobre la Mansión X y del propio Xavier.
Él estaba encantado de hablar de ello, no le importaba poner en juego la vida de los niños que habitaban la escuela, al fin y al cabo, eran mutantes.
Sabía que la escuela había recibido ya a lo largo del día cientas de llamadas de amenazas, incluso un grupo radical anti-mutante había asegurado poner una bomba en el recinto, pero como muy bien sabía Trask, aquello era imposible, primero porque sus centinelas loa habrían detectado en una milésima de segundo, y porque los X-Men contaban con una tecnología tan avanzada que, sinceramente, parecía haberles sido proporcionada por unos habitantes del espacio exterior.
Bastión se le acercó por la espalda. Aunque Trask lo respetaba, no sabía porqué, el mero hecho de que se le acercara o le tocara le producía un repulsivo inmediato.
BASTION: No te quejaras, te estas llevando toda la gloria.
TRASK: ¿Me has oído quejarme?
BASTION: ¿Qué hay de lo mío?
TRASK: ¿Qué es lo tuyo, Bastión?
BASTION: ¿Qué pasa con Tolerancia Zero?
TRASK: Cada cosa a su tiempo.
BASTION: Te ciegas, Bolivar. Estas tan obsesionado con destruir a los X-Men que te olvidas del resto de los mutantes.
TRASK: No me olvido de ellos, lo que ocurre es que los X-Men son como moscas, acudirán a evitar todo lo que planeemos ¿a caso no te das cuenta?
BASTION: Estoy arto de que me des órdenes Trask. Ahora tengo yo los mandos.
TRASK: No sabes lo que estas diciendo.
BASTION: Claro que lo sé. Ahora yo estoy al mando. Sacaré a los Centinelas de la Mansión y los uniré al convoy que estoy preparando.
TRASK: ¡Ni se te ocurra!
Levanta el puño contra Bastión. Este se lo detiene en el aire con increíble fuerza. Trask está sorprendido de la fuerza de Bastión y le mira el brazo, encontrando incrustadas en la piel piezas metálicas. Trask retrocede horrorizado.
TRASK: ¿Qué clase de monstruo eres?
BASTION: No soy un monstruo, soy un científico. Mi cuerpo es mi laboratorio.
TRASK: Dios mío, que he hecho. He puesto el poder en manos de uno de ellos.
BASTION: No soy un mutante, soy un humano. Soy un Centinela Prime. El primero de unos cyborgs con la misión de acabar con los mutantes.
TRASK: He de informar al Presidente, he de detener esto.
BASTION: Un poco tarde ¿no crees Bolivar? El Molde Maestro no puede parar, no ahora.
Capitulo 23
Magneto caminaba con paso firme hacia las celdas instauradas en los subterráneos de su edificio principal. Cada celda había sido construida con unos requisitos especiales que pudieran contener los incipientes poderes de los presos. Pero la verdad es que para contener a Destino no hacía falta ningún calabozo especial. Aún así, la mandó llevar a la zona de alta seguridad. Sabía que muchos la codiciaban y él, que había sido el primero en encontrarla, no la iba a perder ahora.
La miró con gravedad y aires impolutos. Irene Adler era mucho mayor de lo que recordaba. Tan sólo la había visto un par de veces en compañía de Charles hacía muchos años. Nunca habían hablado, y él nunca había sabido que era una mutante.
DESTINO: Hola Erik. ¿Cómo esta Raven?
MAGNETO: Mística ya no está conmigo.
DESTINO: Chica lista.
Magneto hace una mueca.
MAGNETO: Así que tienes el don de ver el destino.
DESTINO: El don de la precognición.
MAGNETO: ¿Sabes que te busca mucha gente por sea lo que sea lo que hayas visto?
DESTINO: Sí, lo sé. Y podía haberme marchado de Genosha y haberme escondido.
MAGNETO: ¿Y porqué no lo hiciste?
DESTINO: Estaba destinado que fueras tú el que me encontrara primero.
MAGNETO: Háblame de Genosha. Será una gran ciudad. ¿Verdad?
DESTINO: ¿En serio quieres saberlo?
MAGNETO: Más que nada en este mundo (con ansia)
DESTINO: Cuando miro a Genosha sólo veo muerte, caos y destrucción.
MAGENTO: La que inflingiremos sobre los humanos.
DESTINO: No. La que infringirán sobre ti.
Magneto se queda pálido.
MAGNETO: Cuándo, cómo.
DESTINO: Mi clarividencia no ha visto más detalles, pero hagas lo que hagas para evitarlo, Magnus, ocurrirá.
Capítulo 24
Scott se arrepintió de haberse quedado dormido en el sofá de la sala de profesores, la espalda le dolía y no podía encontrar absoluto silencio debido a la incesante televisión que crepitaba en la habitación de al lado.
En realidad no sabía bien que hacía allí, pero por un momento se dio cuenta de que huía de todo. No afrontaba que Ororo se hubiera ido, ella era su mano derecha, sin ella en el campo de combate él se quedaba prácticamente ciego. Por otro lado tenía miedo de enfrentarse a la dura verdad que le esperaba en su habitación, Jean sabía lo de Alcatraz, todo lo que pasó allí, y no es que la chica no tuviera una menor idea de lo que había pasado en el complejo, sino que le habían hecho repetir la experiencia. Temía que se volviera a convertir en oscura, temía volver a perderla.
Oyó un crujido tras la puerta, el pomo se giró, pero nadie la abrió. Pensó que era Jean, que había bajado a buscarlo. Pero fuera quien fuera no entró en la sala. Scott se levantó y agarró el pomo, esperó un segundo, como si su sentido común le dijera que no la abriera, y por fin lo hizo. Pero lo que se encontró tras ella no eran los ojos cálidos de Jean, ni de nada parecido a lo que hubiera visto nunca antes, y eso que había visto cosas extrañas, pero aquellos eran los ojos de la muerte.
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Jean se despertó en medio de la noche. Aún con los ojos cerrados oyó un leve suspiro en la habitación. Se giró para mirar a Scott, pero él no estaba allí. Palpó su lado de la cama y conservaba ligeramente la calidez que un cuerpo allí acostado le debía haber pegado, pero la cama no estaba desecha, y el pijama de Scott seguía doblado sobre la silla, como si nunca hubiera llegado a acostarse.
Supo en ese momento que algo no iba bien.
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Apocalipsis había arrastrado a Scott hasta la Sala del Peligro. Al X-Man, la eternidad que suponía bajar a la zona subterránea de la escuela le pereció un segundo debido a lo terriblemente mareado que se sentía. Era como si el monstruo emanase un aura que lo atontaba y le hacía sentirse vulnerable.
Cuando llegaron a la Sala, Apocalipsis lo arrojó contra el panel de mandos y Scott se resintió del golpe, y cayó al suelo. En vez de intentar protegerse o contraatacar al posible plan que seguramente Scott ya tendría en mente, Apocalipsis se limitó a quedarse de pie, riéndose a carcajadas, una risa que le heló la sangre a Cíclope. Aún en el suelo, busco en su sien el botón que liberaba una letal y carmesí ráfaga.
APOCALIPSIS: ¿De verdad crees que tus insignificantes rayos pueden hacerme algo?
CICLOPE: No tientes a la suerte.
APOCALIPSIS: Pero Cíclope, ¿no comprendes niño? ¿Lo gran jinete que podrías ser?
CICLOPE: Ni en tus mejores sueños.
APOCALIPSIS: Entonces no tienes elección.
CICLOPE: ¿Qué?
APOCALIPSIS: Si no te unes a mi, ella morirá.
CICLOPE: No lo hará. No si yo puedo impedirlo.
APOCALIPSIS: Ahí está el problema, es que tú no puedes impedirlo. Nadie puede.
CICLOPE: ¿De que hablas?
APOCALIPSIS: Según Destino, el Fénix Oscuro volverá a alzarse una segunda vez.
CICLOPE: No. No es posible.
Scott, de rodillas, estaba apunto de derrumbarse completamente en el suelo. Seguía con la mano en el botón del visor, pero por algo que se escapaba a su lógica, no era capaz de apretarlo. Necesitaba oír más, necesitaba saber como salvar a Jean.
APOCALIPSIS: Pero yo puedo ayudarte, hijo. (Le pone una mano en el hombro)
CICLOPE: ¡Aparta!
APOCALIPSIS: No seas orgulloso. Uníos los dos a mi, y con el poder que yo le de a tu vástago, podremos aplacar al Fénix Oscuro.
CICLOPE: Tú sólo quieres matar a mi hijo.
APOCALIPSIS: Para qué matarlo, si puedo hacerlo uno de los míos. Es la única forma de salvarlos, de salvaros los tres.
CICLOPE: (Negando con la cabeza) Yo soy un X-Men. Nunca lo permitiremos.
APOCALIPSIS: Summers, si no puedes contra el enemigo, únete a él.
Scott suelta la mano del visor y cae hacia delante, apoyando las palmas contra el suelo, evitando así caerse del todo y mantenerse un momento más de rodillas y con dignidad, jadea confuso. Después niega fuerte con la cabeza, permitiendo que broten lagrimas de sus ojos.
¿La condenaba a ella por salvaguardar el sueño de Xavier?
APOCALIPSIS: Entonces, cobarde, mátala a ella antes de que nos mate a todos nosotros.
Se va y deja a Scott tendido en el suelo, presa del pánico.
Capítulo 26
Jean no sabía donde demonios se había podido meter Scott. Había buscado por todos los pisos de la escuela, y ya tan sólo le quedaba mirar en las instalaciones subterráneas. Sabía que Scott, muchas noches, cuando no podía dormir, baja a la Sala del Peligro a entrenarse. Pero aquel había sido un día muy intenso y debía estar agotado.
La Sala del Peligro estaba vacía, aunque las luces de la sala de control estaban encendidas. Miró a la gran puerta que guardaba tras de si a Cerebro, que ella misma estaba reparando, pero dudó que estuviera allí, aquel no era un lugar útil para cualquiera que no fuera un telépata.
Por último se encaminó a la enfermería, aquel era su terreno, su laboratorio diario, hubiera podido recorrerlo con los ojos cerrados y dar con el más insignificante objeto, sabía donde estaba cada cosa, había hecho una fotografía mental que le permitía acceder a todo con su telequinesis sin tener que buscarlo con la mirada.
Pero cuando entró, nada estaba como lo había dejado. Las pipetas estaban tiradas por el suelo y se derramaban los líquidos que había en ellas, todos los utensilios médicos parecían haber cruzado media habitación y haberse estrellado contra la pared. Reinaba el caos en la enfermería, pero lo que más le acongojó fue encontrarse a Scott, sentado en el suelo, apoyado contra la pared, agarrándose las rodillas fuerte contra el pecho y balanceándose hacia delante y atrás como si en un manicomio estuviera.
La visión le espantó y corrió hacia él.
JEAN: ¡Scott! Oh, Dios mío. ¿Estas bien?
SCOTT: Jean…
Scott levantó el rostro y Jean vio en el su mirada la viva imagen del pánico. Su cuello estaba enrojecido, como si alguien o algo hubiera apretado allí hasta casi cortarle la circulación.
JEAN: ¿Qué ha pasado?
SCOTT: Él… ha estado… aquí.
JEAN: ¿Él?
Jean sabía a quien se refería. Al mismo que había estado esa noche en su habitación.
¿Pero porqué no la mató cuando pudo?
JEAN: Voy a llamar a Hank y a Logan.
SCOTT: ¡Jean! (agarrándole del brazo para pararla) No me dejes solo.
JEAN: Tranquilo, mi amor. Nunca te dejaré solo.
Lo abraza, y él también se enrosca en ella, desesperado.
SCOTT: Te quiero.
A Jean le hizo vacilar el tono de voz con el que Scott le había dicho que la quería. A ella le pareció más una despedida, y temió que lo que Scott hubiera bajado a buscar a la enfermería era algo con lo que suicidarse, porque para ella eso parecían las marcas de su cuello, un intento de suicidio fallido.
¿Pero, a caso era tan terrible la experiencia de encontrarse con ese ser como para llegar hasta tan punto de desesperación?
Jean esperó a que Scott la soltara, pero el no lo hacía, y ella tenía miedo de dejarlo solo.
Empezó a extrañarse cuando Scott la abrazó aún con más fuerza. Cada vez más y más fuerte.
JEAN: Mmmm… Scott… me haces daño.
Era la verdad, empezaba a hacerle bastante daño. Pero él no paraba. Sus manos se soltaron, pero aún así sus brazos seguían dejándola presa. Sus manos subieron por su espalda, como una temblorosa, placentera, y habitual caricia hasta su cuello, pero allí apretó aún más.
Jean intentó liberarse, empezaba a ahogarse y ya no era la falta de aire, sino la fuerza de las manos de Scott que parecían que iban a partir su cuello.
Ella gemía, de dolor, de angustia. Él la veía, y su gesto en la cara era como el de un robot, automático, sin miramientos, sin sentimientos.
Scott intentaba refrenarse, la veía sufrir y eso era lo único que no deseaba, le hubiera gustado que todo fuera rápido, limpio, sin provocarle a ella dolor, ni sufrimiento a él. Pero una voz metálica en su cabeza no paraba de repetir: ¡Asfíxiala!
Scott tardó en darse cuenta de que aquello no estaba bien. La soltó de golpe, justo cuando Jean había entrado en su mente, tratando de llegar a él a través de su subconsciente para que saliera del mar de dudas en el que se encontraba y siguiera su voz hacia la superficie como una luz que le sirviera de guía, como tantas otras veces.
Jean tosió sonoramente cuando el aire volvió a sus pulmones y el dolor en el cuello cesó. Se alejó de él todo lo que pudo cuando las fuerzas se lo permitieron. Él se quedó allí, de rodillas, mirándose las manos y llorando.
SCOTT: Jean… cariño… lo… lo siento.
Se acerca a ella para ver si esta bien, pero ella lo rechaza con un guantazo.
JEAN: ¡Monstruo! Has estado a punto de matarme, ¡de matarnos!
Scott mira al vientre de Jean, sólo esperaba que su hijo estuviera bien.
SCOTT: Jean… no sé lo que me ha pasado.
JEAN: Aléjate de nosotros. ¡Ahora!
A Scott se le inundaron los ojos de lágrimas. Se levantó como pudo y salió de la sala corriendo.
Jean se quedó allí, sola, y rompió a llorar.
Capítulo 27
Trask corría por el pasillo principal de la Casa Blanca hasta el Despacho Oval.
Sabía que se había equivocado, se arrepentía, se avergonzaba incluso de pensarlo.
Entró como una exhalación en la sala para sorpresa del Presidente y de su gabinete privado, que se halaban reunidos.
PRESIDENTE: Bolivar, ¿ocurre algo?
TRASK: Señor Presidente…
Se acerca a él y se deja caer en una silla para respirar, pero se da cuenta de que no tiene ni siquiera tiempo para eso.
TRASK: Señor Presidente, he cometido una locura, se me ha escapado de las manos de una forma inimaginable.
PRESIDENTE: ¿Qué?
TRASK: Los Centinelas, Señor. Ya no los manejo.
PRESIDENTE: Pero yo creía que era su competencia única y exclusivamente. Di carta blanca a su proyecto.
TRASK: Así es, Señor. O al menos eso pensaba yo que era. Pero se ha revelado contra mí, ahora él tiene el control. Nos tiene a todos.
PRESIDENTE: ¿Quién?
TRASK: Bastión.
PRESIDENTE: ¿Su consejero?
TRASK: No era mi consejero. Era el cerebro de los Centinelas. Molde Maestro es totalmente suyo.
PRESIDENTE: ¿Molde Maestro?
TRASK: Señor, es un Centinela aún mayor que los demás, el que los crea y los controla desde una central secreta. Secreta hasta para mí.
PRESIDENTE: ¿Cómo lo consintió, Trask?
TRASK: Confié en él, teníamos un objetivo común, acabar con los mutante.
PRESIDENTE: Trask, la existencia de los Centinelas debía asegurar tanto la protección de los humanos como de los mutantes, no el exterminarlos. ¿Es que acaso no ve que si esto llegara a oídas de los mutantes podríamos vernos frente a un conflicto de proporciones mundiales? ¡Oh, por Dios! Si esto involucrase a Genosha, Magneto no tendría ni el menor miramiento en declararnos la guerra al resto de la humanidad.
TRASK: Señor Presidente, posiblemente eso sea lo que ocurra.
PRESIDENTE: Explíquese.
TRASK: Tolerancia Cero. Más de cien centinelas se dirigen ahora mismo a Genosha. Su misión: destruirla. Y ya nada puede detenerlos
El presidente se lleva las manos a la cabeza, no puede creer lo que oye.
PRESIDENTE: Santo cielo. Cada uno de los habitantes de Estados Unidos ha contribuido con sus impuestos a uno de los mayores genocidios de la historia. Dígame, Trask, que hay algún modo de detener la locura de su maldito programa paralelo.
TRASK: No lo hay, Señor. Yo mismo di luz verde a la operación.
PRESIDENTE: ¿Y porqué después de consentir esa barbarie vienes aquí, a prevenirme de qué?
TRASK: Señor. El exterminio de Genosha es fruto mío. Pero lo que vendrá a continuación se escapa a mis intereses y mis deseos. Bastión. Quiere someter a la humanidad, destruir con Molde Maestro a los que se opongan a él. Se le ha ido completamente la cabeza.
PRESIDENTE: Igual que a ti, Bolivar. A ambos se os ha ido la cabeza.
TRASK: Pero yo no quiero destruir a la humanidad.
PRESIDENTE: ¿No te das cuenta de que los mutantes, aunque distintos a nosotros, también son personas?
Trask se aleja del Presidente.
TRASK: Lo sospechaba, todos lo hacíamos. Charles Xavier le ha comido la cabeza, con sus poderes del Diablo.
PRESIDENTE: Bolivar, Charles Xavier está muerto.
TRASK: No es así. Está en Gran Bretaña, se esconde, no sabe dar la cara ante los suyos, aún sabiendo todo lo que he delatado.
PRESIDENTE: Sea como sea, sólo tengo que decir que Dios nos guarde a todos nosotros, y sobretodo a ti, Bolivar, que sea capaz de perdonar tus pecados.
Trask sale corriendo de la sala.
El Presidente de los Estados Unidos mira a su Secretario de Defensa.
PRESIDENTE: Roth, llame a los X-Men. Los necesitamos.
Capítulo 28
El teléfono en la Mansión comenzó a sonar.
A penas había amanecido, pero todo el mundo se había puesto en pie justo cuando los primeros rayos de sol empezaron a despuntar.
El maldito teléfono seguía sonando.
HANK: No lo descolguéis, que nadie lo coja. No queremos más amenazas telefónicas por hoy.
Jean apareció por el ascensor que llevaba a las instalaciones secretas de los X-Men. Venía corriendo y con heridas en su cuello.
JEAN: ¡Hank!
HANK ¡Jean!, ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
JEAN: Scott… Scott se ha ido. No sé a donde.
HANK: Logan también se ha ido.
JEAN: ¿Qué?
HANK: Fui a buscarlo a su cuarto. No estaba, ni siquiera ha hecho las maletas. Se ha llevado una de las motos de Scott.
JEAN: Estamos solos. Tú y yo.
HANK: ¿No eres capaz de encontrar a Scott telepáticamente?
JEAN: Nuestra conexión desapareció a noche. Como si la cortaran. Me desperté bruscamente y temí lo peor. Pero lo encontré en la enfermería. Bueno, ese no era Scott, creo que lo controlaban, porque intentó matarme.
HANK: ¿Estas bien?
JEAN: Sí. O al menos eso creo. (Se lleva las manos al vientre) Me encuentro fatal, pero sigue moviéndose, por eso sé que está vivo.
HANK: Jean, no podemos posponerlo más. Tenemos que encontrar a Destino. Antes de que lo haga nadie más.
JEAN: Voy a Cerebro.
HANK: Jean. Ten cuidado.
Jean se marcha de nuevo por el ascensor por el que había salido.
HANK: ¡Drake!
Bobby se abre paso a través de la marea de niños que inundan el pasillo.
BOBBY: Profesor McCoy.
HANK: Os quedáis al frente de la Escuela, tú y tu equipo.
BOBBY: Tal vez nos necesitéis allá donde vayáis. Los X-Men, me refiero.
HANK: Bobby, no me atrevo a decir que hoy por hoy los X-Men sigan existiendo.
Capítulo 29
Hank ya tenía su helicóptero privado preparado cuando Jean llegó al hangar. Había desistido en el intento de embutirse en su traje de cuero, que Hank si llevaba, moviéndose con una incomoda elegancia.
El motivo de no usar el X-Jet era que los Centinelas habían prohibido cualquier actividad de los X-Men. Sin embargo, McCoy era del gabinete del Presidente y se le había permitido el tener un helicóptero para ir a sus reuniones en la Casa Blanca. Al despegar, Jean desvió telepáticamente la atención de los Centinelas para que no supieran que ella iba a dentro. Se preguntaba cómo Scott, Logan y Tormenta habían conseguido salir furtivamente del recinto en medio de la noche. Pero ellos eran combatientes, conocedores del terreno, líderes natos. Debía haber sido un juego de niños burlar a los pesados robots.
HANK: Genosha.
JEAN: Genosha.
HANK: Era normal que Destino estuviera allí. El 80% de la población mutante del mundo está en Genosha.
JEAN: No sé porqué, Hank. Pero no quiero ir allí. Tengo un mal presentimiento.
HANK: ¿Algo que deba preocuparnos?
JEAN: No lo sé.
Se elevaron por encima del condado de Nueva York, y en pocos minutos se hallaban por encima del inmenso Océano Pacífico, camino de Genosha.
Los rayos de sol entraron en la cabina, iluminándolo todo de tranquilizadora luz y una calidez agradable.
JEAN: Que calma.
HANK: Sí, la calma que precede a la tempestad.
JEAN: ¿Dónde estará Tormenta?
HANK: ¿Y Logan y Scott?
JEAN: Hank, sólo quedamos tú y yo. Aún no puedo creerme que Scott me haya abandonado.
Jean rompe a llorar.
HANK: No lo ha hecho. No era él. Lo conozco, estoy seguro que prefirió alejarse todo cuanto pudo de ti para no hacerte daño.
JEAN: Todo esto es culpa mía. Debí haberme quedado muerta, en el lago. Debí no haberme quedado embarazada. ¡Debí no haber nacido!
HANK: Jean… ¿tú estas oyendo lo que estas diciendo? ¿Sabes lo vacíos que nos habríamos encontrado algunos de nosotros si tú no hubieras existido?
JEAN: Y muchos otros no habrían muerto.
HANK: Tú no eras la de Alcatraz. Tú no mataste a todas esas personas.
JEAN: Lo quiera o no, he de reconocer que sí era yo.
Capítulo 30
Tormenta miró al sol de la mañana. Genosha era más grande lo que habría imaginado.
Se sorprendía de no haber necesitado pasaporte para entrar en un país extranjero, una sola gota de su sangre confirmando que era un mutante valía para estar allí.
Ella trabajaba en una escuela llena de mutantes, pero los que iban avenida arriba y abajo con prisa en aquella ciudad eran de lo más inusuales. Ani-mutantes. Ella no estaba acostumbrada a verlos, por lo general eran mutantes que no poseían poderes propiamente dichos, pero cuyos cuerpos habían adoptado una radical mutación que los asimilaba más animales que a humanos.
No se asustaba, ella vivía con una bestia azul a la que le gustaba la ópera, la poesía francesa del siglo XVII y el lambrusco para acompañar la cena. Pero allí había visto a un chico con tres caras, a una niña que tenía las arrugas de una mujer de ochenta años tirando de una bola donde dentro había un cerebro que burbujeaba dentro de su líquido, un hombre que se arrastraba como un lagarto y una mujer con cuatro brazos que repartía publicidad en la calle a cuatro manos.
Siempre se había sentido protegida entre las hectáreas y hectáreas que componían la mansión, pero aquella ciudad era como una jungla salvaje para ella.
Se intentó tranquilizar al meterse en un taxi de camino al piso que había alquilado, y recordó cuando no era más que una niña, huérfana, que había sido explotada como carterista hasta que Charles Xavier la había encontrado. Aquello sí que había sido una jungla, una enorme.
Pero ahora había aprendido a ser fuerte ya luchar.
Aun así, tuvo la precaución deponerse una capa con capucha que ocultaba su blanquecino pelo y que la hacía irreconocible. Los X-Men en Genosha eran muy conocidos. “Enemigos de la raza” según Magneto, y se sorprendió incluso al ver carteles por la calle con las fotos de algunos ellos que ponían precio a su cabeza. Sonrió al ver lo que para alguno valía su vida. Sinceramente, ella no hubiera dado tanto dinero, y mucho menos ahora, que se sentía tan poca cosa.
Llegó por fin a la calle de su nuevo hogar. Un sitio modesto donde esperaba empezar una nueva vida.
Se sentó en la cama del cuartucho y meditó un momento.
Lo había dejado todo atrás, su hogar, sus amigos que eran su única familia.
Se arrepintió durante un segundo de haber dejado a Jean con la culpabilidad de su desgracia, a Scott solo ante las adversidades del equipo. A Hank sin una explicación, a Logan sin un adiós.
Capitulo 31
El teléfono no había parado de sonar en la última media hora después de que Hank y Jean se marcharan.
Coloso ya estaba cansado de ese ruido infernal que se le había metido en la cabeza.
Haciendo caso a las protestas de Júbilo fue a arrancar el cable de la pared para terminar la conexión y que se callara de una maldita vez.
Pero antes de arrancarlo de cuajo, lo descolgó un segundo, quería oír la voz de aquellos cobardes que los amenazaban por teléfono.
COLOSO: Instituto Xavier.
VOZ: Dios mió, gracias a Dios que puedo contactar con ustedes. Rápido, páseme con su superior.
Peter dudó, se preguntaba quien era su superior en el caso de que ningún profesor estuviera en la escuela. Sin duda Bobby era el más indicado, para algo lo había dejado al mando. Pero Bobby estaba en la sala del peligro ensayando tácticas para la defensa de la escuela.
COLOSO: No hay nadie.
La voz le dijo algo y Peter se quedó lívido, poco a poco, su piel, inconscientemente se transformó en acero orgánico, como un acto reflejo para protegerse. Soltó el teléfono y corrió por el pasillo hasta perderse por una esquina.
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Bobby ya había terminado de preparar el equipo. Los motores del X-Jet rugían en el hangar. Aquella sería su primera misión de verdad, no era un juego de la Sala del Peligro, sabía que moriría gente, y que no volverían a la vida tras terminar la sesión.
Había intentado contactar con Hank y con Jean. Pero el piloto decía que el helicóptero ya había aterrizado en Genosha y que no había nadie en la cabina que oyera su desesperado mensaje.
Los nuevos X-Men lo rodearon. Coloso, Kitty, Pícara, Jubilo y él mismo ya estaban vestidos con sus uniformes de cuero negro y sólo esperaban una señal de Bobby para embarcar.
HOMBRE DE HIELO: Nuestra principal misión es llegar a Genosha antes que los Centinelas. Las fuerzas armadas nos ayudaran, pero desde luego que contamos con su incompetencia. Cuando lleguemos tenemos que avisar a las autoridades de Genosha. Quiero dos equipos. Coloso y Gatasombra, y Júbilo y yo.
PICARA: ¿Qué pasa conmigo?
HOMBRE DE HIELO: Pícara, será mejor que tu te quedes en la escuela, alguien deberá vigilar por si hay un ataque sorpresa.
PICARA: Ni hablar. Una vez que lleguemos a Genosha, Gatasombra pondrá en alerta a Magneto, mientras que los demás creamos un escudo alrededor de la ciudad que nos de tiempo a contenerlos.
Bobby fue a decir algo, pero Pícara levantó la mano hacia él para callarlo y se encaminó al Pájaro Negro.
PICARA: En marcha, X-Men.
Capitulo 32
Dentro del X-Jet, Pícara y Bobby se pusieron a los mandos, programaron todo para despegar y la cancha de baloncesto se abrió dejando a la vista el cielo de Nueva York.
Despegaron poco a poco, hasta coger altura, pasaron a un modo de vuelo horizontal y encararon el horizonte dirección sudeste y accionaron el motor a toda potencia para coger pronto la velocidad supersónica.
El jet aceleró a todo lo que daba pegándolos a sus asientos y de pronto frenó bruscamente, haciendo que se clavasen los cinturones de seguridad en las costillas.
PICARA: ¿Qué demonios pasa?
BOBBY: Los motores están bien.
PICARA: Deberíamos estar volando al doble de velocidad.
COLOSO: Chicos… deberíais ver esto…
Coloso miraba a través de la ventanilla a la cola del avión. Todos lo imitaron. Volando tras ellos había un Centinela de los que custodiaban la escuela, que había agarrado con su gran mano de metal la cola del avión, frenándolo.
A ambos lados del jet se posicionaron cuatro Centinelas más. La radio empezó a crepitar, y los ocupantes de los Centinelas hablaron a los X-Men.
VOZ: Nave sin registrar 616. Regrese a su base de procedencia. Repito, no está permitida la salida de ningún X-Men de la Mansión sin expresa autorización del Senador Trask.
BOBBY: No sé porqué pero esto ya lo he vivido.
PICARA: Que se vayan al cuerno.
Picara accionó otro botón de la consola y los dos motores auxiliares del X-Jet se encendieron creando una llamarada que debió estorbar visualmente a los pilotos del Centinela que los agarraba que no tuvieron más remedio que soltarse por miedo a colisión.
El Pájaro Negro rugió y salió disparado hacia su destino, dejando a los robots muy atrás.
Ya sobrevolaban el Océano Pacífico cuando los Centinelas volvieron a darle caza.
BOBBY: Veamos lo que puede hacer este juguete de mil millones.
Cogió los mandos como si fuera una videoconsola a la que estaba acostumbrado, apunto a uno de los Centinelas y disparó. No supo muy bien si es que no había apuntado bien o es que el Centinela había esquivado magistralmente los misiles, porque estos pasaron rozándolo pero ni siquiera arañándole la pintura.
KITTY: ¡Bobby, ahí dentro hay gente, por el amor de Dios!
BOBBY: Seguro que ellos no se están planteando esa misma pregunta, Kitty. Somos nosotros o ellos.
Esta vez, uno de los Centinelas les disparó y Pícara, haciendo acopio de fuerzas giró el X-Jet haciendo que los misiles rozaran la panza del X-Jet y dañara levemente la cubierta exterior.
PICARA: ¡Mierda!
BOBBY: ¡Perdemos combustible!
JUBILO: ¡Ay… Dios…! ¿Y qué más?
COLOSO: ¿Tendremos para llegar a Genosha?
BOBBY: Para llegar sí, dudo que para la vuelta…
JUBILO: Si es que la hay, ¡porque esos robots nos van a hacer volar en pedazos!
KITTY: Se acabó.
Kitty se desabrochó el cinturón y se levantó de su asiento, para sorpresa de todos.
Capítulo 33
PICARA: ¿A dónde demonios crees que vas, Kitty?
KITTY: Peter ven aquí.
Coloso también se quita el cinturón y se pone a su lado.
KITTY: ¿Recuerdas que cuando paso por una máquina las vuelvo locas?
COLOSO: Da.
KITTY: Sé que hay poco espacio para coger impulso, pero necesito que me lances contra la pared del X-Jet, por una zona donde no haya maquinaria. La travesaré y caeré dentro de un Centinela.
BOBBY: ¿Estas loca? Es una misión suicida.
JUBILO: Suponiendo que eso funcione… ¿Cómo tienes pensado volver al Pájaro Negro? Que yo sepa no sabes volar.
PICARA: Ya tengo algo en mente, cariño. Hacedle caso a la pequeña.
KITTY: Gracias, Picara. (Con sarcasmo)
COLOSO: Muy bien Katia, ahí vamos.
Coloso se convierte de nuevo en acero Orgánico, agarra a Kitty por la cintura, gira sobre si mismo en el poco espacio que le permite el ancho de la nave.
PICARA: Batea fuerte, cariño, que sea un Home Run.
Coloso lanza a Kitty contra la pared, que justo a dos centímetros de estamparse se hace intangible y la atraviesa.
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Kitty nunca habría imaginado como era el estar en la troposfera, aunque sinceramente era como hacerse intangible, a lo que ella ya estaba acostumbrada.
Sentía como el aire le faltaba en los pulmones, y lo poco que pudo respirar venia helado y le abrasó por dentro. En vez de eso, el aire recorría cada una de sus moléculas inmateriales helándole dolorosamente. Pero aguantó y fijó su objetivo. La cabeza del Centinela.
El impulso de Peter había sido suficiente para recorrer los metros que separaban al X-Jet del robot, incluso tal vez un poco desmedidos, por lo que al llegar a la chapa del Centinela tuvo que hacer acopio de fuerzas y concentración para hacerse tangible en los pocos metros que le brindaba la cabina.
Cayó dentro y miró a los dos pilotos, que se giraron y sacaron un arma para dispararle. Pero no tuvieron tiempo, Kitty se volvió a hacer intangible y le metió a cada uno la mano en el estómago.
KITTY: A fuera desayuno.
Los dos ingenieros comenzaron a vomitar desesperadamente, retorciéndose de angustia.
Kitty aprovechó ese tiempo para meter las manos en el panel de control. Empezó a echar chispas y los cables se fundieron.
KITTY: Hora de abandonar la chatarra.
Capitulo 34
En el Pájaro Negro reinaba la incertidumbre.
Habían visto una pequeña explosión en el motor del Centinela, por lo que suponían que Gatasombra había cumplido con su misión.
El robot se tambaleó y se fue a pique, directo al mar a muchos kilómetros por debajo de él.
COLOSO: ¿Cómo demonios vamos a sacarla de ahí? (con su fuerte acento ruso).
BOBBY: Vamos allá.
Pícara y Bobby maniobraron violentamente el X-Jet, despegándose de los Centinelas que iban a su cola. Descendieron bruscamente en lo que pareció casi una caída libre hasta que se pusieron justo debajo del Centinela dañado.
En ese momento, Kitty se volvió intangible, atravesando de nuevo el robot hacia abajo, volvió a pasar por la troposfera y calló de bruces en el Pájaro Negro, que la esperaba debajo.
Bobby y Picara levantaron los mandos y a toda potencia se quitaron del camino inexorable del Centinela que caía en picado hacia el mar.
Coloso corrió a por Kitty, que se agarraba la cabeza un poco mareada.
COLOSO: ¿Estas bien Katia?
KITTY: Sobrevivo.
Ambos se sientan en sus asientos y se abrochan los cinturones.
BOBBY: Pícara. Los Centinelas. Se retiran. Nos adelantan.
JUBILO: Eso es porque han visto lo que Kitty es capaz de hacer y se han dado cuenta de que no debieron meterse con los X-Men.
PICARA: Ojala fuera eso. Mirad.
Delante de ellos a unos quinientos metros, un convoy de unos cien Centinelas surcaban el cielo en la misma dirección que ellos. Los Centinelas que los perseguían se habían unido al convoy.
BOBBY: Al menos sabemos que no llegamos tarde.
PICARA: Me desviaré un poco para que no nos detecten. Motores a máxima potencia, debemos llegar antes que ellos y poner a Genosha en sobre aviso.
Capitulo 35
Wanda anduvo lentamente por el gran mirador que se haya en lo más alto del más alto rascacielos de Genosha, su hogar. Se sentía como una princesa de aquel reino. Pero le faltaba algo más, el cariño de un padre al que sólo le unían los genes. Sin embargo estaba Pietro. Mercurio era su salvavidas, su salida de un mundo caótico que se le venía encima.
Lo oyó andar detrás de ella, acercándose sin hacer ruido para sorprenderla, ella, simplemente, se dejó sorprender. Pietro la enroscó por la espalda con fuerza y pasión.
PIETRO: Ah… hermanita. ¿Podemos pedir más de lo que tenemos?
WANDA: Siempre se puede tener más.
PIETRO: ¿Qué ronda tu cabecita loca?
WANDA: Somos soldados, Pietro. Sólo soldados.
PIETRO: Servimos a la causa de padre.
WANDA: A su causa nada más.
Wanda se gira para mirar a los ojos a Pietro.
PIETRO: ¿Crees que lo descubrirá?
WANDA: ¿Qué trabajamos infiltrados para los Estados Unidos? Supongo que algún día lo sabrá.
Wanda se reclina en un diván. Pietro se sienta a su lado y apoya su cabeza contra la de ella suavemente.
PIETRO: Somos unos traidores. Estamos vendiendo a nuestro padre.
WANDA: Si no nos hubiera dicho que era nuestro padre no nos hubiéramos enterado y las cosas serían igual que ahora.
PIETRO: Los de arriba nos están presionando mucho, quieren saber qué es lo que trama Shaw y su misterioso amigo.
WANDA: Si te hubiera mandado a esa misión en vez de a Lorna ahora podríamos estar dando información y no desconfiarían de nosotros.
PIETRO: ¡Un momento!
Se levanta de golpe y mira a su hermana.
WANDA: ¿Qué se te acaba e pasar por la cabeza, hermanito?
PIETRO: La mujer que trajo Fabián. La ciega que guarda en las mazmorras.
WANDA: Qué paradoja, una vidente ciega.
PIETRO: Oh… ¡pues claro! Si se la llevamos a Furia será la mejor prueba de nuestra confianza. ¡Mejor que eso! Nos hará testigos protegidos y nos incluirá en el grupo de acción que está creando.
WANDA: Lo difícil será sacarla sin que los Acólitos nos detecten.
PIETRO: Eso déjamelo a mi.
Pietro se acerca a la barandilla del mirador, la agarra con fuerza y mira al infinito.
Wanda se levanta, y como hiciera él antes lo abraza por detrás.
Capítulo 36
Cíclope se sentó en uno de los cómodos sillones de estilo barroco del local. Miró al techo y a las paredes, todo recargado y imitando el estilo del siglo XVIII.
Un camarero con traje de época y peluquín se le acercó serenamente.
CICLOPE: Un Jack Daniel, por favor.
El camarero, igual de silenciosamente que había venido se marchó. En la sala habría casi cincuenta hombres, algunos muy jóvenes y otros más viejos, vestidos de traje y algunos de época, como el camarero.
El espectáculo comenzó y un par de bailarinas semidesnudas salieron a la tarima.
En vez de centrarse en ellas, Cíclope inspeccionó la sala en busca de una cara que le dijera algo. Varios hombres lo miraban, y supuso que era porque no se había quitado la larga gabardina negra que lo delataba, pero bajo ella estaba su traje de X-Men, y sabía que un Hombre X no sería bien recibido en uno de los locales más sibaritas de Genosha.
Uno de los camareros se acercó a el por detrás y le habló junto al oído.
CAMARERO: Señor Summers, el señor Shaw le espera abajo.
Scott asintió y se levantó. No sabía bien cómo había llegado allí, simplemente una fuerza dentro de él le había empujado a tomar un avión hacia Genosha y le había guiado por las calles de la ciudad hasta dar con un local que se hacía llamar el Club Fuego Infernal.
Siguió al camarero por una gran puerta de roble macizo alejándose de la zona de bullicio, bajó unas escaleras de piedra mohosas que recalaban la humedad y que daban al entorno un aspecto tenebroso.
Las sencillas escaleras dieron lugar a una sala de enormes proporciones subterránea de exquisita arquitectura, adornada con arcos tallados con motivos de hojas de acanto, y sustentadas en finas columnas cilíndricas que asemejaban a la gran sala a un bosque. Las paredes tenían relieves que hablaban de antiguos dioses que se encarnaban en el sol, sus hazañas, sus matanzas. Toda la sala estaba bañada por una cálida luz que proporcionaba la cristalera del fondo, que gracias a las vidrieras que la recorría hacía que la estancia cobrará diferentes colores. En el centro de la vidriera estaba dibujado en cristal un gran pájaro dorado que con sus alas tocaba el sol y la luna, y bajo él, la Tierra desolada y enrojecida por la acción de las explosiones que Scott supuso que debió tener cuando aún no había vida y los volcanes empezaron a dar forma a los continentes. Pero aquella no era una recreación del pasado, sino del futuro.
En el centro de la sala esperaba un encapuchado. El camarero se fue y Scott se quedó solo con el misterioso hombre. Poco a poco se descubrió quitándose la capucha. No era la primera vez que Cíclope veía a ese hombre. Sebastian Shaw. El financiador de los experimentos que Siniestro había intentado llevar a cabo en el cuerpo de Jean, y contacto directo con el mundo de su amo Apocalipsis.
SHAW: Señor Summers. Que placer volver a verle.
CICLOPE: ¿Qué hago aquí Shaw?
SHAW: (lanza una risita) Si no lo sabes tú…
Se gira a una pequeña mesa auxiliar que hay a su derecha y se sirve una copa.
SHAW: ¿Quieres una copa?
Scott no contesta, se queda mirándolo fijamente.
SHAW: Estás enfadado. Yo también lo estaría. Así que el señor Apocalipsis te dio a elegir, y tú… has elegido.
CICLOPE: Yo aún no he elegido nada.
SHAW: Tu presencia aquí dice lo contrario.
Shaw comienza a pasear lentamente por entre las columnas, desapareciendo de la vista de Scott durante segundos.
CICLOPE: Sólo quiero salvarla.
SHAW: Entonces sí que es verdad que has elegido. No eres el único que lo ha hecho esta noche.
CICLOPE: ¿Qué quieres decir?
Una puerta se abre y aparece Lobezno, también vestido con su traje de X-Men. Mira a Cíclope atónito y luego a Sebastian Shaw.
LOBEZNO: ¿Qué significa esto, Shaw?
SHAW: Al parecer, a falta de uno nos han aparecido dos pretendientes al puesto.
CICLOPE: ¿Qué puesto? ¿De qué va todo esto? ¿Qué estas haciendo aquí, Logan?
SHAW: Demasiadas preguntas, señor Summers, poco tiempo.
LOBEZNO: Yo llegué antes que tú Summers.
CICLOPE: ¿Pero de qué estas hablando? Yo he venido a saber cómo salvar a Jean.
SHAW: Sólo aquel que se convierta en el jinete podrá caminar entre los dos mundos y conocer así los entresijos de la muerte.
LOBEZNO: Y ese seré yo.
CICLOPE: ¿Te estas oyendo, Logan? ¡Te han lavado el cerebro! Este no eres tú. Tú eres un X-Men.
Logan pareció reaccionar durante un segundo a la llamada y sacó lentamente sus garras.
SHAW: Ambos habéis tomado ya un camino. Ambos habéis sobrevivido a la muerte esta noche. Tú Cíclope, después de asfixiarte volviste a la vida porque tu legado aún no había terminado aquí. Lobezno, sin éxito, se apuñaló su propio corazón. Y aquí estáis. Habéis sobrevivido a vosotros mismos, ¿sobreviviréis el uno al otro?
Logan desenfunda totalmente las garras, mientras que Cíclope se quita la gabardina y se lleva la mano al visor.
Capítulo 36
Jean y Hank aterrizaron en el helipuerto de un alto edificio de Genosha. Incluso allí, Hank tenía los suficientes contactos como para poder llegar, a pesar de que era la ciudad de Magneto.
En cuanto estuvieron en tierra trazaron un plan, un diálogo con el que convencer a Magneto para que los dejara llegar hasta Destino.
HANK: Pediremos audiencia, cumpliremos el maldito protocolo que no se merece, esperaremos lo que haya que esperar y hablaremos con él.
JEAN: ¿Y crees que nos va a hacer caso?
HANK: Para eso tenemos tus dones, Jean.
JEAN: ¿En qué piensas?
HANK: Una sencilla y delicada manipulación mental.
JEAN: Te olvidas de que si habla con nosotros ni loco lo hará sin casco.
HANK: Pues quítaselo.
JEAN: es de metal, y el es el amo del magnetismo.
HANK: Y tú eres Fenix.
JEAN: Yo… no…
HANK: Oh… vamos, Jean. No seas Fenix para unas cosas y lo niegues para otras. Simplemente, revienta el casco, atraviésalo con tu telequinesis…
JEAN: Fácil decirlo.
HANK: Te he visto hacer cosas más complicadas… un momento… ¿tienes algún problema ético a la hora de manipular mentes ajenas?
JEAN: Es sólo que… no me parece bien.
HANK: Esto es un momento de necesidad, Jean. No me plantees un problema moral ahora. ¿Hará falta que te recuerde qué es lo que te juegas?
JEAN: No me comas más la cabeza. Ya había decidido hacerlo.
HANK: Bien. ¿Ves a esos Acólitos de allí? Diles que nos dejen pasar sin registrarnos.
Jean se concentra y así lo hace. Los Acólitos los escoltan hasta el vestíbulo del edificio de Magneto y van a buscar a un superior.
HANK: Hora de escaparse.
JEAN: ¡¿Qué?!
Hank la agarra del brazo y se escapan por uno de los pasillos.
JEAN: Decías que pediríamos audiencia a Magneto.
HANK: He cambiado de parecer. Magneto no nos dejara con destino a solas ni un segundo, y no nos interesa que él se entere de lo mismo que nosotros.
JEAN: ¿A dónde vamos?
HANK: ¿Dónde supones que tendría metida a Destino Magneto? ¿En la suite presidencial? No lo creo. Vamos abajo, a los calabozos.
Capítulo 37
Scott y Logan se miraron un segundo. Aguantaron lo máximo posible para ver si el otro atacaba, pero ninguno avanzó. Oyeron a Shaw marchándose por la escalera de piedra, dejándolos solos.
Lobezno lanzó un gruñido, suficiente para que Cíclope se pusiera a cubierto detrás de una columna antes de le se lanzara contra él.
Vio como las garras pasaban a escasos centímetros suyos, arañando el mármol de la columna. Scott aprovechó y abrió el visor al máximo, sus rayos carmesíes brotaron a toda su potencia e impactaron contra el pecho de Lobezno, que cayó de espaldas, resentido, con el traje quemado y dejando la piel a la vista. Scott sonrió, aquella vez el traje que él mismo le había dado le había salvado.
Logan se levantó, pero para sorpresa de Cíclope, en vez de encarase contra él se ocultó en las sombras de la habitación.
Cíclope sabía que estaba a su alrededor, girando entorno a él, vigilándolo, estudiando sus movimientos, esperando el momento oportuno para atacarlo a la yugular. Logan era un cazador, y también había sido una presa, sabía mejor que nadie como acechar si cometer ningún error, sin provocar ni el más ligero sonido. Y aquella vez no iba a ser menos.
Como había intuido Scott, Logan saltó de Dios sabe donde y le propinó un zarpazo en la espalda. Sus garras de adamantium no sintieron ninguna piedad por el grueso cuero del traje, y lo atravesaron. El dolor que sintió Scott le recorrió de arriba abajo. Llegó a pensar que Logan incluso le había tocado el hueso, pero lo que sí era seguro es que le había hecho un gran y profundo corte.
Cíclope cayó al suelo de espaldas, intentando contener un grito de dolor. Sintió como Logan se acercaba a él y lo miraba sonriendo.
LOBEZNO: ¿Ya te has cansado, flacucho?
La contestación de Scott fue tajante. Abrió el visor sin piedad justo contra la cara de Logan, que retrocedió de dolor por la quemadura. Scott hizo acopio de fuerzas y se levantó. Cuando Logan se atrevió a quitarse la mano de la cara, descubrió que le había quemado completamente, la piel había desaparecido por zonas y dejaba al descubierto su cráneo de adamantium.
La piel comenzó a cicatrizar, aunque muy lentamente debido a lo profundas que eran las heridas.
Logan volvió a sonreír.
LOBEZNO: Te hará falta algo más que eso para acabar conmigo.
CICLOPE: De acuerdo.
Y Scott volvió a abrir el visor, pero esta vez, en vez de apuntar a Logan, apuntó a uno de los arcos de la bóveda, y esta se desplomó de inmediato sobre Lobezno, dejando una claraboya en el techo que le permitió ver el salón de arriba.
Logan estaba sepultado, y si seguía vivo, no dio señales de ello.
Capítulo 38
Gambito no podía creer que aquellos polis mutantes fueran tan pardillos, pero a lo largo de la noche lo habían demostrado, y con creces.
Aún le costaba entender cómo los había convencido de que lo sacaran de la celda para permitirle echarse una partida de póker con ellos. Seguramente, pensó, se debía a que mientras observaba como jugaban los guardias de turno había empezado a burlarse de ellos diciendo que no sabían jugar y que parecía un juego de niños porque se jugaban unas fichas imaginarias. Así que habían decidido irritados para ver si él podía hacerlo mejor, y decidieron apostar dinero. Sencillamente, Gambito los estaba barriendo. Los polis parecían nerviosos, y como perdieran una vez más, Remy sabía que se iban a cabrear y lo devolverían a la celda después de darle una paliza. Pero el cajún ya tenía dos posibles planes de escape en mente.
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Hank y Jean podían oír como los perseguían por todo el edificio. Bestia tiraba lo más rápido posible del brazo de Jean, pero sabía que no le podía pedir que corriera más, estaba embarazada de ocho meses y tenía la sensación de que en un macabro giro por el pasillo el niño se le iba a caer literalmente siguiendo la gravedad.
Pero la verdad es que Hank estaba contrariado. Había hecho cientos de informes sobre los Acólitos de Magneto, y sabía que si querían atraparos lo harían, de hecho, ya debían haberlo hecho.
Algo atraía la atención de toda la seguridad de la ciudad, y no se atrevía bien a asegurar que era.
JEAN: Hank… Hank, para. Por favor. No puedo más.
HANK: Jean, si no nos movemos nos encontraran.
JEAN: Yo no les dejo. Además, no nos buscan a nosotros.
HANK: ¿Qué?
Jean se sienta en una balaustrada, agotada.
JEAN: Hank, tengo la sensación de que alguien ya se nos ha adelantado.
HANK: Espero que no sea quien nosotros tememos.
JEAN: Sea quien sea, no nos interesa que se la lleven.
Hace un esfuerzo por levantarse y siguen adelante, pero algo los frena. Una bocanada de viento que dura un segundo y que por poco los derriba.
HANK: ¿Qué demonios…?
JEAN: He captado un pensamiento fugaz. No. Dos.
HANK: Yo dos olores.
JEAN: Creo que uno de los dos era de la mujer que buscamos.
HANK: Ya sabemos que se la han llevado. Debemos retroceder y encontrarlos antes de que salgan del edificio.
Retroceden recorriendo sus propios pasos por el pasillo por el que habían venido.
JEAN: Quien la llevaba es muy rápido, no lo alcanzaremos…
Jean se queda muda y se frena.
HANK: ¿Qué ocurre?
Jean mira al frente. El pasillo por el que habían venido está cortado por una pared.